Queridos veraneantes:
Los veranos ya no son lo que eran. A las ocho de la tarde el pueblo estaba desierto. Nada que ver con mis recuerdos, aunque la memoria no deja por un momento de distraer sino distorsionar la realidad. Como ya habrán advertido es un verano raro, en el que por fortuna, sigue haciendo calor.
El turismo del interior o el turismo rural o como quieran llamarlo es una de esas mentiras que tratan de neutralziar los efectos perversos de un fin de época. El fin de la productividad de buena parte del medio rural. Será coyuntural, el regreso de la economía real los redimirá. Mientras, reinarán los osos, lobos y jabalíes que tan a raya los puso el campesino.
El campo se ha alejado de los países más ricos. Según va mejorando la renta de una sociedad, ésta confía su alimentación a otros, todo tiene precio. Se aborrecen las tareas del campo y se importan. Me pregunto qué ocurrirá cuando los países que hoy nos alimentan se hagan ricos y no quieran empuñar el azadón o conducir un John Deere. Posiblemente habrá que pagar más a quien quiera hacerlo, y volverá el dinero a este lugar.
El problema de la lentitud de estos cambios es que aplastan a quienes hoy están ganándose la vida en un sector que da sus últimas bocanadas.
La noche es tan oscura que resulta fácil dejar de cerrar la persiana, lo que obliga a despertarse antes de que los gallos canten tres veces. Esta clase de oscuridad es digna de ver. Los cristales de las ventanas convertidos en espejos en los que se refleja la luz del flexo. No se puede distinguir nada, y es un buen final para hoy, fundir en negro.
Cuídense.

Como nota al pie de lo que dice quizás pudiera añadirse que la escasa retribución recibida por quien se dedica a las tareas del campo es, a su vez, una consecuencia del cambio que éstas han experimentado. Se impone la industrialización y en algunas zonas, especialmente de montaña, no pueden adaptarse porque la orografía impide emplear maquinaria moderna. Sin maquinaria no hay tamaño, sin tamaño no hay economías de escala y sin economías de escala no hay rentabilidad, problema agravado por el incremento de los costes a los que obligan los inviernos en la montaña. No soy tan optimista como usted en cuanto a que el ganado o el campo vuelvan a llevar el dinero a Babia o tantas comarcas que están sometidas al mismo proceso de reconversión aunque confieso que, quizás por nostalgia, me gustaría que eso sucediera.