Queridos veraneantes:
Debo comenzar confesando mis pecados, en la entrada anterior había cometido un error ortográfico enmendado (raya), tan importante como para disculparme, y extender de antemano la petición de perdón a los que en el futuro (o incluso en el pasado) vaya o haya podido cometer. La adecuada comunicación exige dar importancia a la ortografía, tanta como a la buena dicción, o si me permiten a un regular y buen cepillado de dientes. En esta faena los programas informáticos suelen prestar buen servicio, pero a veces se cuelan o incluso te impiden directamente escribir como a uno le complace. Tradicionalmente se dice que un buen lector no comete faltas de ortografía. No sé si yo puedo serlo, pero sí sé que he desgastado mis ojos leyendo y en cambio incurro en falta (mea culpa). La relectura y la consulta en caso de dudas es la mejor solución. No se puede escribir bien sin paliativos.
La Administración ha ocupado una parte sustancial de la conversación de hoy. Me parecería útil que se escribiera un pequeño opúsculo —que rehuyera de toda erudición y sutileza técnica— titulado: ¿Qué es la Administración? Un manual de instrucciones para que cualquier lego pudiera hacerse una ligera idea. Sería necesariamente descriptivo, tendría que eludir el prurito regulador (lo que debería ser) que tienta a todo autor. Habría de empezar por la superficie, y dando por supuesto un concepto previo tan enjundioso como el de Estado. Descendería en pocas páginas hasta las tripas para narrar las cosas que hace y que maliciosamente muchos tratan de velar. Finalmente debería retratarse al empleado público manos a la obra. Un informe general que permitiría trazar con mayor claridad las reformas, y definir su papel en nuestro mundo.
La luz de la tarde, tardes cada vez más cortas, dejaba en gris la cara sur del Macizo de Ubiña, reteniendo las nubes que se agolpaban en el cielo de Asturias. Podría ser perfectamente el cartón piedra de un decorado de película de los sesenta, en la que los personajes fingen con pasmosa naturalidad estar al aire libre. A medida que el sol se retira la presencia en el patio exige ligero abrigo. Al verano le queda como mucho una semana, pero tiene pinta de amainar levemente, de abandonarse, sin prisa, a los industriosos brazos de septiembre.
«Es una desgracia del Derecho que las ideas resultan enquistadas en frases y a partir de entonces dejan de ser analizadas durante un largo periodo de tiempo.» (O.W. Holmes)
El peor enemigo del Derecho es el dogmatismo puro, la teoría imposible de aplicar, el movimiento lento y pesado de una máquina de razonar anacrónica. Añado esto al hilo de lo escrito por el Juez Holmes, porque doy vueltas estos días a la típica discusión jurídica en la que hay que emplear mucho tiempo en desbrozar el terreno, para saber qué norma es aplicable y luego calibrar razonadamente sus efectos. Trataré de acercar mi solución a la realidad, y si, al menos consigo que no la entorpezca podré descansar. Lo demás será trabajo vano.
Cuídense.
