Queridos veraneantes:
El paseo de la tarde ha servido para desentumecer. Se presagia que el tiempo está de cambio. No importa, han sido doce días estupendos. En los que por la rareza de este verano no he hecho nada realmente. Escribir nada es detestable, pero las cosas son así.
El viernes cocinaré cordero para la comida del sábado. Un almuerzo para no olvidar que los inviernos existen. Cordero guisado. La correlación entre comer bien y cocinar es evidente. No obstante, la especialización ha separado a ambos individuos, el buen comedor no tiene que cocinar, como tampoco el cocinero que comer bien. Este último supuesto es el más interesante, porque en este caso el cocinero debe adivinar los gustos de los comensales. Las preferencias están arraigadas en la experiencia vital, es decir, forman parte de la cultura. Somos lo que comemos. Por eso no encuentro extraño el buen prestigio que gastan ahora los cocineros. Sobre todo cuando los nuestros alimentan al mundo superando el obstáculo de la cocina de mamá. La aceptación universal no es frecuente, por ejemplo hay escritores muy buenos que son apenas leídos en el extranjero. Ni fácil.
En la minúscula escala en la que yo cocino, el sabor del cordero es de la tierra. Si es tan bueno como prometió el carnicero, lo fundamental es hacer que su sabor sea el predominante. El guiso sólo puede ser un acompañamiento y la garantía de que la carne no seque. La guarnición de patatas restará severidad al almuerzo, permitiendo que el último cocinero sea el comensal. La ensalada se dispondrá al principio pero no se retirará. En cuanto al vino, sin perjuicio de que haya tinto, y desafiando a la ortodoxia será un blanco de Rueda frío. Buen provecho.
Cuídense.

Debería usted ser consciente de que algunos leemos este blog unas horas antes del desayuno…
Los milagros pueden ser de cualquier color. Lo fundamental es que sea un milagro de verdad. El vino bueno lo es. Me gusta saber que disfrutais. Ya sabes: Cuantos más estén bien, más estamos bien. Besos a todos.