Resulta inevitable pensar que podría tratarse de uno mismo. Los años se adhieren, decir que te acompañan resulta una cursilería imperdonable. Entrar en años supone agitar expectativas y eliminar mansamente otras. Hay edades para todas las cosas. Al final, los años se atrincheran en el año natural, en enero ya habré abandonado este club para formar parte del otro. Me imagino qué pensaran de ello los del último trimestre. Al hablar de la edad siempre se exagera. Incluso la coquetería invita a la mentira y al desánimo. Hace un tiempo, un amigo engrosó generosamente su edad para llevar a buen puerto un lance amoroso. Pero es tanto privilegio ponerse años que quitárselos, ya que, el límite en el primer supuesto es la consistencia y en el segundo la verosimilitud. En definitiva, las apariencias. “¿Cuántos años aparento?” Es una frase manida de iniciación, en estos casos, cuando me ha tocado responder me alejo de la cifra real diez años a la baja. No quiero molestar ni ser molestado. Este juego adivinatorio esconde muchas cosas y permite trivializar la edad. Dar con la edad exacta sería terrible, nunca tiene premio.
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Acudir a la peluquería en día de fiesta es recomendable para conocer bien el país en que uno vive. A primera vista, diría que la mayoría de los clientes estaban más deseosos de pagar el nuevo impuesto sobre el patrimonio que de arreglarse el cabello. La jerga especializada impide que se use la palabra pelo. Alguna dama mostraba su indignación, “no es posible que nos obliguen a pagar por tener ahorros y cinco casas”. En mis manos una revista de moda masculina no lograba distraerme de la conversación de aquella obligada tributaria. Mientras, la chica asentía y con toda minuciosidad cortaba y peinaba, sin atenderla, porque la consigna es no hablar de política. No por desconocimiento sino por prudencia. La peluquera podría dar una clase magistral sobre economía doméstica, sobre cómo administrar unos pocos de euros para llegar a fin de mes, podría incluso, reivindicar que a ella le bajasen los impuestos o el precio de los libros de texto. En cambio, pensaba en la doble tortura que es trabajar y oír aquellas reclamaciones, porque la susodicha solo pagará aquel impuesto en la peluquería y en el salón del té o en sueños que es lo mismo.

A veces me olvido de tu cumpleaños. Hasta me olvido de que ya vais cumpliendo años. Felicidades