Creo observar las salpicaduras luminosas en su cara, rojos, amarillos, naranjas… De vez en cuando, sin sentirse observado, muerde su labio inferior. Me pregunto si subraya el escepticismo tan suyo, o simplemente lamenta el dispendio. Quizá haya una pizca de asombro, que avive su particular panteísmo.
Las luces entran relampagueantes en mi salón. Bajo la cabeza para recordar. Los recuerdos son caprichosos y el propio mecanismo impide su selección. He escuchado o leído que uno dura lo que puede durar en la cabeza de otro. Me resulta imposible que su rastro desaparezca con sus últimos testigos. Pero así será. Los antepasados piden rastreadores que no hay. Para organizar una cadena con nombres y lugares, más vale el descanso en paz.
Técnicamente ha sido una aparición. No pueden ser de otro modo. Después, como siempre, me flaquean las fuerzas.
