Debería haber escrito antes, pero no importa, porque esta actividad está subordinada a la vida y a sus múltiples urgencias. La que nos ha tocado vivir es la de la dispersión. Resulta imposible, también en otoño, concentrarse en algo porque al paso del objetivo surgen otros reclamos que debemos o queremos seguir. Me ocurre principalmente con los libros, o con aquello que quiero leer o escuchar. Ensayo listas, me organizo a golpe de minutos y segundos pero siempre fracaso en el intento de cumplir fielmente la programación. Es una traición íntima, hiriente que me ata de pies y manos. Tengo la tranquilidad de culpar a internet que se empeña y consigue burlar todas mis fidelidades. Lo definitivo de cada momento es la productividad del tiempo. En el siglo XXI en media hora hacemos muchas más cosas que hace cien años, a veces, media hora es una eternidad. No siempre ha sido así, sospecho que antes del Vaticano II las misas duraban mucho más.
Lo cierto es que he pensado en mis amables lectores, cuya atención no merezco. En el fondo, considero que no pueden vivir sin saber de mí. Incluso temo por su sueño. Con mis entradas pretendo frenar su tendencia a imaginar cosas raras sobre mí. Trato de detener sus elucubraciones y parar sus inverosímiles relatos, los que me sitúan en países lejanos o simplemente desolado en cualquier esquina. Por eso he acumulado muchas notas y ocurrencias que bien podrían haber dado lugar a entradas regulares. Las cocino en esta. Buen provecho.
***
Siempre supuse que la manzana de Apple representaba la mordedura de la fruta prohibida. La imagen del pecado, del triunfo de la tentación, principio y origen de todo (al menos para el cristianismo). La crónica sobre la muerte de Steve Jobs revela que se trata de la manzana de Newton. Nada que ver con el Génesis. Cualquier inventor no parte de la nada, ni cuenta con más inspiración que un trabajo perseverante y el acicate del inconformismo. Reconocemos los factores del éxito cuando se presentan ante nosotros, pero su concurrencia no garantiza que aquel se produzca. No se obtienen en el laboratorio, no son sintéticos, sino que precisan el elemento natural, casi siempre hostil. Newton descubrió la gravedad como Colón América. Remitirse a Newton es hacerlo al progreso positivo. Aquella declaración de principios acompañará siempre a Apple, incluso ahora, cuando la mercadotecnia presenta sus productos como una tentadora fruta prohibida. Cumplen todo lo que prometen y solo prometen aquello que pueden cumplir. Desde hace meses escribo las entradas en la iPad y raramente consulto el correo en el PC. Apenas uso papel y el bolígrafo en contadas ocasiones. Algo está cambiando, puede que no merezca el adjetivo revolucionario, pero no todos los cambios profundos tienen que serlo. El motor de explosión fue revolucionario, pero ya no lo fueron los motores capaces de propulsar velozmente al hombre, el salto de 20 kms/h a 120 kms/h. Como tampoco un nuevo ingenio tiene que extinguir a todos los de su especie, el avión convive con el autobús y el coche.
***
En octubre los terroristas de la Eta deciden rendirse. Como toda rendición es imposible disimular su falsedad. Abandonan el crimen porque no son capaces de él. En la rendición no hay mérito y en esta mucho menos. Ha llegado el fin policial del terrorismo y con él han fracasado todos los politólogos que lo descartaban. Es un éxito del Ministerio del Interior y del acuerdo Aznar-Zapatero por el cual se ilegalizó a sus secuaces políticos.
Estos siempre han vivido con la reserva mental de condenar el terrorismo. Antes porque justificaban el asesinato político y ahora porque no hay nada que condenar. Durante esta etapa se envolvían en el cinismo de declaraciones jurídicamente impecables. El cinismo jurídico es el enemigo invencible de la democracia. Nos lo han demostrado.
Esta reserva mental, equivalente al dar el “sí quiero” cruzando los dedos, se proyecta sobre las víctimas. Siempre les han estorbado. Procuremos que en su nombre, los que andan sueltos sean juzgados, vayan a la cárcel y cumplan sus penas. En suma, que la generosidad no sea más que un tratamiento penitenciario.
El reto es obligarles a que de una vez por todas dejen de hablar de sí mismos.
***
“La vida de los otros” es la demostración inquietante de que en las dictaduras no es posible la lealtad. Aclaremos que tampoco es posible en la democracia, pero esta no la exige. Si no la vieron les recomiendo que lo hagan y se angustien. El precio de la libertad también es la continua vigilancia. Me temo.
