La vida de los membrillos de Antonio López consiste en que los bocetos nos muestran sus problemas. También las soluciones. En algún momento, como en la biología, fueron un proyecto. Ahora son un fruto naturalmente imperfecto. Al igual que en cualquier verso de John Donne, la realidad mejora a pesar de todas las dificultades. Por un momento, ese membrillo acabará madurando y si nadie lo recolecta caerá. El cuadro cuenta la historia del membrillo y de su tiempo. Las ramas vencidas por el peso de los frutos nos dejan ver el trasiego de la savia por un árbol que nunca estará inerte. Los girasoles de Van Gogh no han secado.
El arte moderno es inescrutable. Mi ignorancia junto con mi falta de predisposición me han dejado indiferente, tras la visita del Guggenheim. Una metáfora inaprensible. El discurso sobre el espacio de Richard Serra acentúa mi descreimiento. Un escéptico que contempla a Pollock o Klimt sin poder ver más allá. A pesar de mi declarada desinformación, esperaba que el efecto fuera otro. Ni siquiera traigo el propósito de hacer el esfuerzo.
Por la noche la ciudad se repliega en sí. El rudo carácter de quien no espera visitas. Un club recomendado en las guías resulta ser ser una guarida a la que se accede sin saber el santo y seña. Extraños sin remedio, en un lugar perdido fácil de encontrar. Todo tiene explicación. Los tópicos ahorran preguntas, del mismo modo que el despertador arruina nuestro sueño.
