Casi todo el mundo tiene problemas con la Navidad. La insensibilidad a estas fechas goza de buena prensa. No obstante, esa reflexión se ha extendido tanto que me resulta más interesante observar a quienes, sin tapujos, declaran que la Navidad les enternece. Tienen razón. Las insoportables ausencias escuecen ahora más, por el hecho de que la reunión en estos días, sea familiar o no, nos junta con nuestra propia suerte. El destino no es un recinto predeterminado, ni un camino más incierto que probable, sino los márgenes que lo bordean, los confines que lo encierran que son a quienes extrañamos pero sobre todo, quienes nos acompañan. Cierro los ojos y pienso en cualquier circunstancia amarga; los abro y veo, con claridad, las caras de los comensales de esta noche. La pared cierta que contiene nuestros destinos y que nos sigue, también, en los desbordamientos. No puedo dejar de preguntarme, con alarma, si algún día recobraré cabalmente el recuerdo de su plenitud o si en alguna mala hora olvidaré la luz de aquella linterna avanzando hacia mi cama para sacarme de un inoportuno sueño, o simplemente para sonarme los mocos. Esta noche cenaré con mi propia suerte y disiparé estos temores, al menos, por un año más.
