Archive: julio, 2012

Cartas babianas (XXXIX)

Queridos veraneantes:

Aquí amanece con una cierta tranquilidad. A las nubes les cuesta abandonar la costa, y aunque se sabe que van a irse, acecha la sospecha. Mucho más si en el periódico el gurú de moda vuelve a dudar ya no del euro, que es demasiado poco, sino de la misma Europa. Como cualquier análisis sectorial no puede ser definitivo, sin embargo, engrasa la maquinaria de “la psicología de los mercados” y Dios sabrá lo que está pasando por las cabezas de los inversores que además habrán leído al gurú con un día de ventaja. Como digo, el desastre total, que nunca será completo, no creo que llegue. Basta leer a Judt en su magnífica ‘Posguerra’ para concluir que el invento de Europa no es pan para hoy. En términos históricos los pasos pequeños, inconexos y a veces inconstantes no pueden desestimarse con esa alegría, ni siquiera en tiempos de penuria.

Ayer comprobamos que la capital de la zona está en un promontorio, un pequeño San Francisco de calles estrechas y casas blancas. Una azotea mirando a África, en la que el calor no se queda quieto sino que corre empujado por una brisa fresca, la mayoría de las veces. Se respira tranquilidad esencial, los torpes movimientos del turista desorientado no provocan que el natural aporree el claxon. El valor de la espera eterna, siempre se puede esperar y eso es mejor que cualquier cosa. De donde vengo la espera ha sido abrogada y los niños ni siquiera saben qué significa.

La única máquina que se escucha, tapada por ladridos y otros sonidos irreconocibles para mi basto oído, es una cortadora de césped que debe estar a unos 500 metros. De vez en cuando se detiene y puedo imaginar como su conductor apura una Cruzcampo. Si puede trabará conversación con alguien y se enredará hablando de las cosas que ocurren.

Muy cerca de aquí emerge el tópico de la crisis pesquera de nuestro país. Un pueblo unido a un destino. Como en el caso del carbón es un drama atrasado que han dejado que se arrastre. Una carga que hunde a un territorio para la que, ahora, no hay brazos. En este tipo de amputaciones a las protestas le sigue la resignación. Aquí ya se ha llegado a ese punto.

El suroeste empieza a despejarse de nubes, escrito estaba.

Cuídense.

Cartas babianas (XXXVIII)

Queridos veraneantes:

Se oyen las cigarras. Ahora por mucho que uno viaje, y atraviese media España por anchas y cuidadas autopistas, no consigue librarse. Es algo propio de este tipo de trabajos y del hecho no menor, de que me guste y divierta. A las cigarras no las callan los nobles ladridos de los perros. Los ecos flácidos que han anidado en mi Iphone esta tarde revelan que las cosas no han cambiado y que en aquella cocina, en el íntimo espacio que el contribuyente no puede ver, el chef sigue haciendo guisos muy poco recomendables. Mientras las cigarras se desgañitan, solo espero que haya alguna hormiga que trabaje, trabajar y callarse es una redundancia.

Cada vez que me muevo por mi país, España, descarto que este sea un país compuesto de muchos. El viaje de norte a sur confirma la igualdad esencial de los españoles. Siempre existirán los que no lo ven así y ajetrean al resto.

En la frugal cena que sigue al viaje, el salchichón ibérico, extremeño para más señas, ocupa el paladar. Y en ese trance uno no puede dejar de ver al animal paseando a sus anchas, curtido por el sol impenitente, mientras desbroza el terreno en busca de alguna raíz. El tocino humedece a la carne, la pimienta sin envenenar, une la carne con la tierra en un viaje demasiado largo para que el gorrino pueda hacer cuentas. El sabor es un instante efímero que una vez perdido, regresa en forma de recuerdo. El buen alimento es siempre una buena compañía, un momento crucial o si me apuran un buen vino, del que cuando llegue la ocasión también les hablaré.

Por favor, no envuelvan los bocadillos de mañana con papel de aluminio, sobran papeles para hacerlo.

Cuídense.

Cartas babianas (XXXVII)

Queridos veraneantes:

Escribo como siempre desde la ubicuidad de Babia. En realidad, y temo repetirme, desde cualquier lugar pueden echarse estas cartas. No es un territorio, es una condición de la que solo puedo participar como veraneante, de ahí la fecha escogida.

Hace fresco, hasta el punto de que no se siente el aliento del verano. Aquí se vive, o al menos eso percibo, un otoño eterno. En el que el calor es una alegría necesaria para la cosecha y el frío el eco inhóspito de la alta montaña. Puede que sea la nostalgia, pero recuerdo que antes este mismo mes de julio era, como correspondía, más alegre.

“Ni el tiempo acompaña”. El proceso de empobrecimiento al que asistimos alcanza hasta el último y recóndito lugar imaginable. Lo peor es que se sabe, con crueldad, que no es efímero. Todos lo saben y todos lo decimos para convencernos. La interpretación más favorable es la determinista, como todas las crisis esta acabará yéndose.

Recomiendo el discurso que hace de prólogo a la nueva serie del gran Sorkin, ‘Newsroom’. Una soflama que solo puede hacerse en un país hecho de heterodoxos. Muy oportuno para esta circunstancia, porque el mejor revulsivo es el diagnóstico despiadado. Estamos acostumbrados a la autoindulgencia y a huir de la realidad todo lo que podemos, o al menos, hasta donde ella nos permita. Con el tiempo los historiadores verán la conexión entre las series de Sorkin y la realidad de su tiempo, como una explicación en tiempo real de lo que verdaderamente nos sucede. Las obras maestras son explicaciones universales de un periodo determinado de tiempo. Lo que solo puede hacer la escritura.

Grecia encabeza el desfile de deportistas en Londres. Son los Juegos Olímpicos una metáfora del poder de los Estados. La relación entre las medallas y el PIB, entre el número de deportistas de cada delegación y sus ejércitos. Sin embargo, Grecia ejemplifica el valor mudo de la mejor de nuestras Historias. Un centro del que es imposible alejarse, porque es ajeno a cualquier bancarrota. Su precedencia protocolaria es nuestra vergüenza. No porque Platón o Aristóteles sean griegos modernos, sino porque una unidad política de la magnitud que pretende ser la Unión Europea no puede mirar a otro lado. Les faltan lectores.

Hoy me despido advirtiéndoles que la siguiente carta se la enviaré, si es que quieren, desde la orilla del mar a cientos de kilómetros. Desde allí, absorbiendo el salitre y el viento rebelde que arremolina el polvo de otro continente, comprobaré que todo esto es lo que nos ha tocado vivir.

Cuídense.