Cartas babianas (XXXVII)

Queridos veraneantes:

Escribo como siempre desde la ubicuidad de Babia. En realidad, y temo repetirme, desde cualquier lugar pueden echarse estas cartas. No es un territorio, es una condición de la que solo puedo participar como veraneante, de ahí la fecha escogida.

Hace fresco, hasta el punto de que no se siente el aliento del verano. Aquí se vive, o al menos eso percibo, un otoño eterno. En el que el calor es una alegría necesaria para la cosecha y el frío el eco inhóspito de la alta montaña. Puede que sea la nostalgia, pero recuerdo que antes este mismo mes de julio era, como correspondía, más alegre.

“Ni el tiempo acompaña”. El proceso de empobrecimiento al que asistimos alcanza hasta el último y recóndito lugar imaginable. Lo peor es que se sabe, con crueldad, que no es efímero. Todos lo saben y todos lo decimos para convencernos. La interpretación más favorable es la determinista, como todas las crisis esta acabará yéndose.

Recomiendo el discurso que hace de prólogo a la nueva serie del gran Sorkin, ‘Newsroom’. Una soflama que solo puede hacerse en un país hecho de heterodoxos. Muy oportuno para esta circunstancia, porque el mejor revulsivo es el diagnóstico despiadado. Estamos acostumbrados a la autoindulgencia y a huir de la realidad todo lo que podemos, o al menos, hasta donde ella nos permita. Con el tiempo los historiadores verán la conexión entre las series de Sorkin y la realidad de su tiempo, como una explicación en tiempo real de lo que verdaderamente nos sucede. Las obras maestras son explicaciones universales de un periodo determinado de tiempo. Lo que solo puede hacer la escritura.

Grecia encabeza el desfile de deportistas en Londres. Son los Juegos Olímpicos una metáfora del poder de los Estados. La relación entre las medallas y el PIB, entre el número de deportistas de cada delegación y sus ejércitos. Sin embargo, Grecia ejemplifica el valor mudo de la mejor de nuestras Historias. Un centro del que es imposible alejarse, porque es ajeno a cualquier bancarrota. Su precedencia protocolaria es nuestra vergüenza. No porque Platón o Aristóteles sean griegos modernos, sino porque una unidad política de la magnitud que pretende ser la Unión Europea no puede mirar a otro lado. Les faltan lectores.

Hoy me despido advirtiéndoles que la siguiente carta se la enviaré, si es que quieren, desde la orilla del mar a cientos de kilómetros. Desde allí, absorbiendo el salitre y el viento rebelde que arremolina el polvo de otro continente, comprobaré que todo esto es lo que nos ha tocado vivir.

Cuídense.