Cartas babianas (XXXVIII)

Queridos veraneantes:

Se oyen las cigarras. Ahora por mucho que uno viaje, y atraviese media España por anchas y cuidadas autopistas, no consigue librarse. Es algo propio de este tipo de trabajos y del hecho no menor, de que me guste y divierta. A las cigarras no las callan los nobles ladridos de los perros. Los ecos flácidos que han anidado en mi Iphone esta tarde revelan que las cosas no han cambiado y que en aquella cocina, en el íntimo espacio que el contribuyente no puede ver, el chef sigue haciendo guisos muy poco recomendables. Mientras las cigarras se desgañitan, solo espero que haya alguna hormiga que trabaje, trabajar y callarse es una redundancia.

Cada vez que me muevo por mi país, España, descarto que este sea un país compuesto de muchos. El viaje de norte a sur confirma la igualdad esencial de los españoles. Siempre existirán los que no lo ven así y ajetrean al resto.

En la frugal cena que sigue al viaje, el salchichón ibérico, extremeño para más señas, ocupa el paladar. Y en ese trance uno no puede dejar de ver al animal paseando a sus anchas, curtido por el sol impenitente, mientras desbroza el terreno en busca de alguna raíz. El tocino humedece a la carne, la pimienta sin envenenar, une la carne con la tierra en un viaje demasiado largo para que el gorrino pueda hacer cuentas. El sabor es un instante efímero que una vez perdido, regresa en forma de recuerdo. El buen alimento es siempre una buena compañía, un momento crucial o si me apuran un buen vino, del que cuando llegue la ocasión también les hablaré.

Por favor, no envuelvan los bocadillos de mañana con papel de aluminio, sobran papeles para hacerlo.

Cuídense.