Cartas babianas (XLI)

Queridos veraneantes:

Después de 200 años y cinco Constituciones (1836, 1845, 1869, 1876, 1931) paseamos por Cádiz. Una ciudad en la que el mar callejea hasta meterse tierra a dentro. Este es el mejor periodo de nuestra historia y quizá para celebrar la Constitución de 1978, nos encaminamos a ‘El faro de Cádiz’. Un sitio para comer al que nos llevan las pesquisas de Gema y del que sacan de la cocina una inverosímil pincho de atún, ese abundante fruto, rebozado en una salsa cuya base era mostaza, cortesía de la casa. A continuación, una tosta con anchoas y un rollito de salmón con huevas. Todo para abrir la boca a un arroz ‘del señorito’ (con los ingredientes pelados), que descansaba sobre un nutrido refrito de verduras que sin violencia se mezclaban con el pescado y escoltaban a los jugosos granos de arroz

Puedo imaginarme a los constituyentes debatir ante este tipo de viandas para luego pasear hasta el Oratorio de San Felipe Neri y participar en las deliberaciones oficiales. Lamentablemente en los colegios no se estudian a los prohombres de 1812, y el colmo llega a soslayar la figura del general Torrijos. Sin embargo, es un momento, del que por muchas razones podemos estar nacionalmente orgullosos. 1812 no tiene nada que envidiar al ‘Botín del té’. ¿Un buen estudiante de segundo de bachillerato podría enumerar las Constituciones de España? Ojalá que sí.

Para despedirse de esta tierra de la que me siento hijo, subimos al promontorio para reconocer las calles de Vejer de la Frontera. Y acabar exhaustos en la Plaza de España, un rincón anaranjado en contraste con las fachadas encaladas.

Cádiz-Madrid-Babia.

Cuídense.