Cartas babianas (XLIII)

Queridos veraneantes:

Al otro lado de la cordillera sigue siendo verano. En la división política de las Asturias, el Occidente amanece con ímpetu, la claridad se filtra y anuncia un imponente día de sol. La proximidad de la costa suele convocar al viento (“aire” para los paisanos), pero en estos días apenas hace acto de presencia. La franja que la montaña deja al mar es pequeña, en menos de diez minutos se empieza a ascender hacia algún rincón desconocido en el que hace siglos que el hombre está. El hombre y el tractor, una conjunción que tanto ha aligerado nuestra existencia. Demos la bienvenida a cualquier máquina que nos sirva. El turismo que viene aquí, sospecho que es de repetición. Cualquiera de estos lugares merece ser visto más de una vez. Los extranjeros que manejan sus dineros con inteligencia no les importa insistir en la imposible misión del conocimiento. El reclamo de la Administración (todopoderosa) se centra en la realidad, vengan y vean. No sabemos si hará buen tiempo, pero eso es lo de menos. Esta barrera impide el crecimiento, pero si tuviera que ver una ventaja, lo que no es fácil, sería el espacio de tranquilidad que se puede encontrar en cualquier pueblo a pesar de sus fiestas.

En mis recuerdos de niñez, en el balcón de mi casa solían ponerse las banderas de España y Asturias en las fiestas patronales y el día de la Constitución. Se sabe que es la forma en la que los pobres engalanaban sus casas. Nada de suntuosidad. Pasear por estos pueblos, me devuelve a esa infancia en las que las banderas en las fachadas significaban fiesta y días sin colegio: alegría. Me entusiasma que aquí perviva el espíritu festivo que en otros lugares ha ido muriendo (o han matado). A su vez, los barcos en el puerto también están engalanados y parece que siempre van así, incluso cuando están en la cima de una pared de agua, en un tiempo tormentoso y lejano.

Enclavadas en las paredes de las montañas, las casas son las gradas de un amplio teatro que mira al proscenio que es el mar. Donde en las primeras horas de la noche entran sin pausa pequeñas lanchas. Presumimos desde la terraza del ‘Mesón del Mar’ que su tesoro son calamares que al día siguiente estarán sobre la mesa fritos o la plancha.

Recorremos las escaleras de una acuarela. Gema ha desvelado un misterioso lugar al que antes de irnos hemos mirado fijamente sin saber donde estaba. He pensado que el sitio era un rincón de La Habana, que había sido pintado como antídoto a un exilio o una repatriación forzada, lo que viene a ser lo mismo. También podría haber pensado que era una escalinata medieval de una ciudad castellana. Incluso, los pasos de un pueblecito mediterráneo que conducirían a una pequeña iglesia. El tiempo se ha detenido, esa acuarela ya ha encontrado su sitio.

Los inescrutables caminos de Babia. Cuídense,