Cartas babianas (y XLIV)

Queridos veraneantes:

Aunque mis vacaciones ya se han acabado hace días, no había cerrado la correspondencia de este año. El primero de septiembre es un buen día para recordar aquellas lejanas vacaciones. La costa asturiana esconde tras de sí los suficientes vericuetos para perderse. Todo lugar que pueda ser comparado con un laberinto merece ser visitado.

La realidad se impone, el trabajo, la rutina y el desconcierto acompañan mis primeros días. Si por mí fuera nunca hubiera soltado la mano de mi madre para entrar en aquel inhóspito lugar. Lo hice a regañadientes, con el propósito de evitarlo lloré a pleno pulmón, empleando la única arma que tiene el niño: el chantaje. Los adultos sabían, sabemos, que era algo inevitable. Ahí empezarán todos los septiembres de mi vida. Los recreos continúan siendo interminables y solitarios. El bullicio es aquella pavorosa imagen, que tampoco dejará de perseguirme.

La única ventaja ha sido aprender a leer. No tengo nada claro, y a veces, pienso que tras mis pasos van quedando los principios que me inspiraron y aun los que llegaron excitarme. Sin embargo, vuelvo una y otra vez a la turbulencia, a las preguntas pertinentes y a las respuestas inciertas. Sin descanso. Lo que mis amables lectores saben de sobra.

Desde hace cuatro años presto atención a la política americana. Creo que es tan indispensable como lo pudo ser leer a Ciceron en el año 80 a.C. Las diferencias son notables. Precisamente hoy, unos articulistas patrios se quejan porque la derecha toma la lengua. Resulta que por convención (o ensalmo) hay palabras, expresiones y modismos que pertenecen a cada una de las “tradiciones” políticas. Asombroso. Un conservador no podrá mencionar el término “progresista” ni un izquierdista la palabra “liberal”. La lengua no tiene propiedad, y si alguien lo duda, que lo pregunten a los nacionalistas (y si tienen paciencia comiencen con mi ancestro vernáculo, el bable). En consecuencia nadie puede ocupar las palabras como si fuera un territorio. Ni las palabras ni las ideas, “bajar impuestos es de izquierdas”, lo que podría considerarse si no fuera porque acabó desapareciendo el impuesto sobre el patrimonio. Por lo tanto, el problema son las razones, la teoría, lo que va detrás de las palabras. Si esas palabras “ajenas” dicen lo que realmente significan la discusión es de otro rango. Y si la queja se dirige a la frivolidad política, acusar exclusivamente a la derecha, tal y como está el patio, conduce a la hilaridad.

Como conocen, queridos veraneantes, mi interés se dirige a la América electoral, donde un actor de primera línea habla con una silla vacía o donde un católico y un mormón se ponen de acuerdo. El GOP (los republicanos) es el partido de Jefferson, desde lejos, parece que la demografía le está abandonando y que su brillo no reluce tanto. Algo parecido ocurre en España con el partido de la oposición, cuya base también está siendo aligerada por el hecho biológico. No obstante, los grandes partidos tienden a resistir siempre y cuando no se discuta la esencia partitocrática del sistema.

El candidato republicano sigue hablando de Hayeck, mientras que el Presidente hace algo parecido con Keynes. No hay nada nuevo bajo el sol, pero convendría que cualquier cambio sustancial (hecho para sobrevivir) no fuera una costa excursión generacional. La audacia de los políticos consiste en procurar que sus pueblos se adapten (sobrevivan) a las nuevas circunstancias y que no sea la fuerza corrosiva de la realidad la que los haga cambiar. El hecho de que nadie quiera asumir ningún cambio de calado ni en USA ni en la UE, ni en España, puede ser más significativo que un metafórico fin del verano.

Cuídense.