Quien dice Budapest dice Chamartín

No puedo dejar Budapest, es el final de una guerra ajena y el gran Espada rehace la crónica apartándonos de la tiranía que es toda mentira. Me encierro en mí para leer, o para lo que sea. Es una maniobra muy parecida a esta de hacer notas para Ius et Libertas, solo para defenderme. El caso es que esta verdad esclarecida salpica a todos. A los que viven confiados en la encarnación absoluta del mal y a los que se sienten más cómodos si no se habla de intereses, aunque sean réditos políticos. Como digo, la mañana del sábado se va, o mejor, se queda en el invierno húngaro de 1944, con las hordas soviéticas a las puertas de la capital. La suerte ya estaba echada, y un diplomático afecto al régimen del general Franco escribía: «(…) Lamento comunicarle a V.E. que la mayor parte de la población de Budapest espera impaciente la llegada de las tropas rusas, cuya actitud no podrá ser peor a la adoptada por los actuales gobernantes».

El golf requiere concentración y habilidad. Técnica que dicen los expertos. Para un cuerpo desgarbado y con absoluta falta de coordinación, resulta una actividad complicada. Hay quien sabe como puedo dejar una mesa si temerariamente se me permite comer con las manos. Este deporte tiene un encanto añadido: las reglas. El libro de reglas del golf es una especie de Código Civil que regula todo. Y como dicen los códigos civiles, que muy poca gente lee, su ignorancia no excusa su cumplimiento. Vencido y sediento dejo el campo, animado por la alucinación de regresar y vencer.

Sigo leyendo con toda la ferocidad que tengo. Intercalo a Félix de Azúa una lectura interesante sobre poesía, novela, ensayo y periodismo. A cada paso afloran verdades que discutiría armado con poderosos hechos, tales como esta: «(…) Ese es el mayor valor del gozo. Que no dura. Que es efímero». Y en pijama continúo pisando la nieve ensangrentada de Budapest, esa ciudad en la que el gobierno del general Franco libró a algunos judíos (sefarditas y no sefarditas) de una muerte sin remedio.

En la estación, contemplamos el ritual de las despedidas, desde el andén, como manda el guión. Pongo el oído y, sin que nadie se de cuenta, comienzo a conjeturar sobre la historia de cada uno de esos individuos que se me han puesto a tiro. Reparo en una pareja que deja en el tren del norte a sus hijos para que cinco horas después sean recogidos por sus abuelos. Quizá un pueblecito en la costa, no muy lejos del Cabo de Peñas. El norte siempre es una buena salida. Son los abuelos paternos, a juzgar como el padre toma cartas en el asunto, ante una madre indiferente. Me ha sorprendido, son demasiado pequeños y ella demasiado joven para tanta indiferencia. Dejo a esta pareja ya sola y camino de un gran todo terreno, cuando una jovencita enjareta en el tren a dos niños pequeños ante la sorpresa del interventor. El tren no puede salir porque un novio desesperado no deja de apoyarse en el cristal.

Es domingo y mañana ya se ha vuelto hoy.