Fuego de cobertura

Siguen sin aparecer. Y tal y como está el mundo, antes de pensar que se han ido de vacaciones, uno tiende a imaginar cosas. Apenas sé nada de ellos y nuestra relación se reduce a la mínima cortesía. A mí, tampoco me gusta entablar conversaciones con el vecindario. Ni aquí, ni en aquella otra ciudad pequeña en la que después de Clarín, todos estamos sentenciados a tratarnos. Nuestro parecido sigue pareciéndome único. Quizá sea mejor considerar que están disfrutando de sus vacaciones. Es julio, el curso ha acabado y la gente empieza a descansar. A eso apuntan los indicios, pero ninguno será concluyente mientras permanezca abierta la puerta del zapatero.

No entiendo mucho de zapatos. Los veía como un mero instrumento y los uso redondos, sin ninguna floritura, con cordones y preferiblemente negros. Una inclinación heredada. El caso es que de un tiempo a esta parte me he fijado en los zapatos de los demás, despreocupadamente, como si yo no los gastase. Después de esta observación entiendo que algunos zapatos dicen muchas cosas. Hoy, sin ir más lejos, unos tacones me han sorprendido por el proverbial estirón que ha pegado la dama. Desde arriba todo se ve más pequeño.

El día ha pasado lentamente. Tengo el temor de que hablo demasiado por teléfono, como si intentara prolongarme y ponerme ante mi interlocutor. Solo me pasa una vez al día y al colgar me quedo inmóvil.

Ayer no registré que había almorzado en un restaurante vasco que hace esquina. Pedí perdiz estofada y me gustó. Mientras que comía —en una compañía inmejorable— pensaba en aquella cláusula final de «fueron felices y comieron perdices». Otra ironía que me trae la cabeza. Pero no fue la única, en una carta de 1928 colgada en la pared del baño, se puede leer que el plato de pollo costaba nueve pesetas, mientras el filete de ternera solo tres pesetas. El valor relativo de las cosas. Posiblemente, en lo que siempre acierte el dinero sea en poner precio a la escasez.

Mañana se anuncia mucho calor. No creo que tanto como para que me tengan que sacar de la cama como a Sheen en Apocalypse Now. Aunque merecería la pena si fuera para ir a surfear con Duval.