Por la mañana

Hay imágenes que son lanzas. Después de verlas, el espectador como un animal malherido buscará el lugar exacto para caer. Un sitio apartado y escondido en el que no sea fácil descubrirle. Igual que el silencio.

He perdido el interés por escribir a esta hora. Si hoy lo hago es por pura supervivencia. Por ese mismo y poderoso motivo ayer, cuando el calor parecía más amable, salí a correr. Solo tengo fuerzas para correr en círculo, poner música y formar parte de esa manada que sigue a pies juntillas las indicaciones de las autoridades.

Ayer no era un día para leer, así que monté un armario. Siempre se necesita más espacio para el orden. Ese orden burocrático, tan del gusto funcionarial: “un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio”. Echar raíces es eso, comprar armarios o ingeniosas soluciones ‘Ikea’ que civilizan un lugar. La importancia de los muebles. Nunca se la he dado, porque para ser sincero, hasta ahora, he sido un pastor nómada (un vaqueiro de alzada). Creo que esa será la forma habitual de vivir y que aquella estabilidad tan arraigada a nuestra forma de vida va a desaparecer. Nadie (ni los empleados públicos) trabajará para la misma empresa y no quedará otra que viajar para procurarse alimento, incluso por otros países.

No he dicho nada del libro de Félix de Azúa que he acabado el otro día. Basta copiar un extracto en el que firma el parte de defunción del posmosdernismo. Y explica el significado de la decepción política más intensa de nuestra época:

“Por resumirlo en un titular, era la novela de la decepción veinte años después de Mayo del 68. Creo que todos (menos algunos columnistas) estábamos ya hartos del idealismo chic y de la revolución con champán y caviar. Los resultados de la utopía liberadora, fuera la revolución maoísta, el uso habitual de drogas duras, el sexo en comunas y otras grandes ideas, habían dado ya suficientes muestras de terror como para que hasta el más idiota (el Idiota) se percatara de que había caído en una trampa no muy distinta a la que proponen las seductoras sectas religiosas. Quienes habíamos comprado (bastante barata, ciertamente) la felicidad del siglo XX, nos dimos cuenta un poco tarde de que cualquier felicidad que pueda mercantilizarse como liberación colectiva es, necesariamente, falsa”.

La salvación, si la hay, solo puede ser individual. Y para eso, cada uno tiene que buscar a su propio salvador. Les dejo, son las ocho menos veinte, es viernes y hay mucho trabajo.