Calor

El calor cae como una manta mojada (perdón por la imagen). Como un fumador sin solución que enciende un nuevo cigarrillo con la colilla del antiguo, así es como leo estos días. Les iré dando cuenta de estas lecturas, que son madrigueras cavadas para desaparecer.

En la dieta siempre hay libros de Derecho. Además de los que tengo que manejar, leer y estudiar para comer todos los días. Me detengo en un clásico ‘De la esencia y valor de la democracia’ del maestro Hans Kelsen. A mí unos grandes profesores de Constitucional me enseñaron con tanto ardor y brillantez a Kelsen que me convirtieron, en realidad, ese fue mi bautismo teórico. El tiempo y la práctica, defendiendo a un extraño cliente como es la Administración o trabajando para quienes la gobiernan, me ha hecho cambiar de idea. Dicho con la modestia de quien dispone de escasos recurso teóricos. El caso es que la explicación automática que tan bien representa la pirámide, me parece que acaba incurriendo en lo que el positivismo reprocha al iusnaturalismo: metafísica. Por otro lado, hay siempre principios que no están enunciados normativamente y que suelen aplicarse. Ignorarlos es ignorar las sentencias que interpretan extensivamente un precepto para acoger una solución más razonable, por no decir más justa. He comprendido que por mucho que se esfuercen los teóricos, las teorías jurídicas no explican absolutamente lo que sucede, cada día, con el Derecho. Ni en el foro, ni en la fábrica normativa, por citar dos escenarios que me son conocidos.

En todo caso, agradezco muchísimo aquellas clases y sus debates, en los que rendidos ante la aplastante lógica, transigíamos que nuestra Constitución podría modificarse y mudar el principio democrático por uno absolutista. El texto admite su cambio sin más límites que una mayoría supercualificada. Sin embargo, no parece muy lógico que un documento que instituye un sistema porque lo considera el mejor, admita su destrucción. No debería admitir su aniquilamiento, sin perjuicio de que no pueda resistirse a él. Pero eso ya no es Derecho, son los tanques.

Por todo ello procuro de vez en cuando releer un libro, para mí fundamental: ‘El derecho y el revés’, que trata sobre el sentido de lo que hago todos los días. Admito que se puede vivir sin saberlo, pero si uno va a dedicar mucho tiempo a algo, mejor es saber por qué y para qué lo hace, aunque las respuestas sean inquietantes.

La flaqueza de Contador le hace grande, porque desmiente a Amstrong que camina por el mundo despidiendo su culpabilidad, como si así pudiera compartirla. El ciclismo sigue siendo para mí la cima del deporte.

Me encuentro y acabo con un verso exacto de John Donne: «Thou, Sun, art half as happy as we».