Misterio

Ya ha pasado una semana desde que la puerta del armario de los zapatos está abierta. El tiempo suficiente para inquietarse. El tiempo medio de unas vacaciones en julio. Las sospechas adquieren otro cariz. Todas las mañanas me asomo, cada vez con menos discreción, esperando encontrar un rastro de vida. Comprenderán que es imposible no preocuparse. Aguantaré otros dos días antes de pedir cuentas al portero. Los conserjes lo saben todo. Hay que matizar, donde no llegan sus ojos, porque estaban en el rellano del séptimo, lo recrean. No inventan, sino que con todo el historial de datos de los que disponen, aventuran una hipótesis, que a fuerza de repetirla cobra veracidad. Por eso tiene peligro interrogarle en este momento, entre otras cosas, porque puede preguntarse por qué tengo interés. Descartará rápidamente el mero cotilleo y no le quedará más remedio que recrear una hipótesis. Ahí empezarán todos mis problemas.

La terraza está ordenada, lista para que cualquier comprador pueda visitarla. Hay dos o tres prendas en el tendedero y, como les tengo advertidos, la puerta del armario está abierta. Dentro zapatos de tacón alto y diseño atrevido. No recuerdo haberlos visto puestos, quizá sea una colección que no se usa y el descuido una amabilidad para que cada mañana pueda disfrutar de la exposición. Hay tantos que es imposible recordarlos en el pie de nadie, y garantiza a su propietaria que no se repetirá. La clásica preocupación de no aburrir. Yo agradezco estas atenciones. Hay quienes no necesitan preocuparse de estas cosas, quienes no precisan un extenso zapatero ni adornos de esta clase. Quizá algún día debería anotar aquí esa excepcionalidad de la que nunca podré separarme.

Volvamos al escenario. Sobre la mesa de madera hay un cenicero de los que basculan las cenizas al accionar un mecanismo. Los desechos acaban en el agua y el cenicero vuelve a cerrarse herméticamente para no dejar pasar el mal olor. Se fuma fuera de la casa, lo que encaja con el orden descrito. Es ella quien lo impone.

Me gustaría que según escribo esta nota, pudiera anunciarles su entrada y poner punto final a este misterio. No es así, el único ruido que llega es el de una moto alejándose sin rumbo fijo y el sonido de cascos de botellas estrellándose en el contenedor del vidrio. Hay más ruidos porque la ciudad aún sigue viva.

He desempolvado una de esas lecturas que tenía avanzadas, para prestar el libro. Al retomarlo, me he encontrado con una pareja que no logro situar. Dos personajes a los que el narrador, con razón, supone que conozco. Estas cosas me hacen dudar de la bondad de abrir muchos libros al mismo tiempo. En el exceso de estímulos nos ahogamos a diario. Muchas veces me acuesto consciente de todo aquello que tenía que haber conocido y que quizá nunca lo vaya a hacer.

No hago ningún repaso. Hago tiempo hasta que el sueño se apodera de mí sin sentir la necesidad de soñar. Aunque antes deba tragar saliva.