Un experimento

He salido a correr. Cuando lo hago el mundo me parece más pequeño. He perdido la forma, solo consigo mantener el trote durante cuarenta minutos escasos. Tiempo que me sirve para pensar concienzudamente, repasar el día y pararme en la fracción de segundo en la que la atonía se rompe. Solo lo puedo escribir con palabras prestadas «una ducha fría en el infierno». Esta ciudad sigue resistiendo al calor.

He pasado la última hoja de un libro empezado hace más de un año. Lo he comprado para aprender más sobre Oliver Wendell Holmes, jr. Un jurista que ha sido capaz de decir: «Ha sido un gran placer para mí sostener la constitucionalidad de leyes que considero malas por completo, porque de esa manera he ayudado a marcar la diferencia entre lo que yo prohibiría y lo que permite la constitución». Al cerrar el libro he conocido a una generación de hombres que ahormó a Estados Unidos desde su Guerra Civil hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Los cito: Holmes, James, Peirce y Dewey.

Gracias al juez del Tribunal Supremo Holmes los estadounidenses tienen garantizada su libertad de expresión por la primera enmienda. Así lo explica el autor del libro, Louis Menand: «Permitimos la libre expresión porque son necesarios los recursos de todo el grupo para conseguir las ideas que necesitamos. Pensar es una actividad social. Tolero tu pensamiento porque es parte de mi pensamiento, aun cuando mi pensamiento se define en oposición al tuyo».

Según Holmes la vida es un experimento donde cabe el acierto y el error. Me parece una definición genial.

William James, hermano del escritor Henry, al morir pidió a su hermano que permaneciera en la ciudad seis días después de su muerte porque trataría de comunicarse con él. Henry cumplió con aquel compromiso pero no pudo contactar con su hermano. La muerte no es un experimento.