9.08 am

Cada uno tiene su hora. A veces es el tiempo quien escoge al individuo. Basta recordar que a las cinco de la tarde «un niño trajo la blanca sábana». Las horas y los minutos son unidades despreciadas por los acontecimientos. No se conoce la hora de la muerte de César, ni el minuto en el que vio sus primeras luces. Datos que tampoco sabemos de personajes históricos más recientes. Todas las horas son iguales.

Las nueve horas y ocho minutos era el momento exacto en el que mundo tenía la agradable costumbre de detenerse. La exactitud convocaba a la exactitud. Hoy me he acordado insistentemente en todos los relojes que incrédulos marcaban las nueve y ocho minutos.

Los lunes como hoy eran una excepción. Quizá hoy haya sido el lunes más largo de todos. El cansancio se ha ido estirando hasta ahora, momento en que el martes ha enterrado al lunes. Son las cero horas y cuatro minutos, lo que, como se pueden imaginar, no tiene la más mínima importancia. Las horas y los minutos nos demuestran que la eternidad nunca ha sido posible, con la consabida excepción de las nueve y ocho minutos.

Nunca ha salido el sol a esa hora. Ningún hombre se ha parado en ese instante al que habrá redondeado como las nueve y diez. Solo las máquinas: parquímetros, cajas de supermercados, correos electrónicos, apuntes bancarios… habrán sido capaces de registrar esa hora, sin saber ni una palabra.

— ¿Qué hora es?

— Pasan ocho minutos de las nueve de la mañana.

— No pasa nada.

— Es lo que hay.