The Shelter

El tiempo ha dado un respiro a la ciudad. La ciudad se ha enfriado, y acaba por enseñar su perfil mesetario. Como buen flaco que soy, soporto muy bien el calor. El tiempo como objeto de conversación no tiene desperdicio. Siempre es un buen motivo de queja, si hace calor porque uno se achicharra y si hace frío porque se gasta mucho en calefacción. Salvo los agricultores casi nadie tiene razones para clamar al cielo.

Me he despertado con una interesante lectura sobre el final de los grandes despachos de abogados en Estados Unidos. La abogacía, mientras no esté en peligro la civilización se mantendrá como un oficio útil que impida que usemos la fuerza los unos contra los otros. Resulta una profesión interesante atrapada en los tópicos de siempre: su precio, ¿cómo puede ser defendido un culpable? Su invisibilidad hace que parezca cara e inútil. No gastaré una palabra más en defenderme. Pero lo importante es su invisibilidad, porque prueba que la conflictividad sigue siendo residual, invisible, casi todo funciona pacíficamente. Aunque ni siquiera la paz definitiva acabaría con la profesión.

A pesar del tiempo, desde la terraza creo ver una marquesina de autobús y pienso en su historia. La cantidad de autobuses que se habrán detenido, la de veces que ha servido de improvisado refugio ante una tormenta repentina, las conversaciones de teléfono que se habrán sucedido y por último cada una de las personas que algún día han esperado su autobús. Queda por escribir la ‘Historia universal de la marquesina’ que comenzaría con una chica hablando por teléfono. Franny y Zooey empieza en un andén pero no es verano, ni yo Salinger, claro. Aquí sin embargo sería verano y la chica murmuraría por teléfono. De momento nadie sabe lo que dice. Todas las historias se escriben por miedo al olvido, también esta.