Immunità

Como saben mis principales distracciones son, últimamente, la lectura y salir a correr, lo que por economía y modernidad suele conocerse como running. He acabado el ensayo de Muñoz Molina ‘Todo lo que era sólido’. Apenas he tomado notas, supongo porque al cabo del tiempo, ya he asimilado todo lo que escribe. El problema que ven a este libro es precisamente la ventaja de la perspectiva. No es un problema, conviene inventariar nuestros últimos despropósitos. Todo inventario se hace al final. Lo que no es justo, pero creo que no lo hace el autor, es afirmar que nadie se estaba dando cuenta. Hay muchos ejemplos, para mí el más próximo y temprano es Alejandro Nieto que clamaba contra nuestro desgobierno.

No obstante, los comunes no querían darse cuenta. Nadie quería ver que fuera algo insostenible que en su ciudad, una digna capital de provincias inundada de monumentos románicos y con duros inviernos, se construyera un gigantesco edificio para congresos o un auditorio. Ahora están vacíos, porque cuesta demasiado llenarlos. Esa voluntad de fugarse de la realidad, de dejarnos engatusar por quienes en realidad toman esas decisiones, otorga a nuestros representantes la inmunidad. Saben que volverán a ser elegidos. Eso ha sido lo característico de la post-transición española: el cuerpo electoral nunca ha hecho un serio ajuste de cuentas democrático.

La inmunidad y el aturdimiento oculta a aquellos que se han lanzado a la arena para tratar de cambiar las cosas, empezando por los partidos mayoritarios.

Conocer lo sucedido, por muy duro y exasperante que resulte, contribuye si no a acabar con la inmunidad, sí a ponerle coto.

Este es el cariz moral del nacionalismo catalán.

Siempre es siempre.