Cartas babianas (XLV)

Queridos veraneantes:

La humedad del norte lo explica todo, empezando por el bochorno. Todavía no estoy en Babia pero para entablar esta correspondencia sabes que nunca fue preciso estarlo.

Estas crónicas comienzan con un triunfo, con una alegría. Después de unas semanas encerrados en el hospital, puedo escribirte aliviado. Esta primera etapa ha quedado saldada, ¡viva!

El viaje ha sido rápido y agradable. Mi padre me recordaba justo en el instante en que salíamos de la ciudad, que en una tarde de luto nos dijimos los dos que volveríamos. Y aquí estoy de vuelta. Sobre este regreso tengo mucho que decir, pero no dispongo de la perspectiva necesaria. Te diré que estoy aprendiendo cosas que nunca podría llegar a saber en ningún otro lugar. Aunque he descubierto algo crucial para mí, que no es para esta carta.

Necesito el descanso. A este desahogo se le llama desconexión. ¿Desconectar? A mí me parece imposible, el trabajo se mezcla con “la vida” y quien pretenda hacer esa separación fracasará. Por los mismos motivos, hablar de conexión y aplicarlo a la rutina resulta sospechoso.

Descansar es hacer todas las cosas que uno quiere. Y en mí caso escribirte desde Babia, leer y quedarme ensimismado sin levantar sospechas. Aunque a ti nunca podría engañarte.

Por si fuera poco empieza el verano.

Cuídense.