Cartas babianas (XLVI)

Queridos veraneantes:

Este verano me he propuesto leer ‘Rojo y Negro’, que por menos de un euro ya tengo en mi Kindle. Stendhal se me hizo grande, para siempre, con los primeros párrafos de ‘La Cartuja de Parma’. Como las dos novelas rivalizan quiero sentenciar sobre el asunto. Luego remataré las lecturas pendientes que han ido quedando colgadas durante el año. Leer siempre ha sido la mejor fuga. También he comenzado a leer a Manuel Chaves Nogales, más que nada para aprender cómo se escribe bien (‘La agonía de Francia’).

He tenido que hacer alguna pequeña compra textil. El uniforme de diario distancia mis visitas a este tipo de establecimientos. El caso es que en el primero, ha sido el vendedor el que me ha echado con su distante condescendencia. Ya no quedaba nada, ni siquiera unos clásicos vaqueros que cambio de década en década. Con esas me fui a El Corte Inglés, donde una agradable dependiente fue a buscarme el género al almacén. La relación comprador-cliente resulta siempre una incógnita. A veces encaro la compra con temor por lo que pueda decirme o incluso con miedo a lo que no me diga (el vendedor), esa actitud pasiva-agresiva que se ha puesto tan de moda entre mi generación. En otras ocasiones, me abruma la pesadez del vendedor que quiere inmiscuirse en mi vida, del gusto por un color pasa a especular si tienes pareja, hijos, o aventura la profesión que le viene mejor a tu cara. Me he encontrado con grandes vendedores que aparecen en el instante en que dudas seriamente, y que el resto del tiempo simplemente observan y muestran el interés justo. Reconozco que es un oficio muy difícil y que casi siempre pasa por buen vendedor el dicharachero y locuaz. El de hoy no lo ha sido, ha sido educado y distante, tanto que lo que de verdad estaba esperando es que saliera a carreras de la tienda y le dejara tranquilo.

Hace sol, aunque el tiempo en esta parte del norte es caprichoso. Ayer, a las ocho de la tarde alguna de las playas que se pueden ver desde la carretera todavía estaban ocupadas. Por muy pequeña que sea (y desgraciadamente se vaya quedando) esta región del norte sigue dividida en tres partes perfectas que nadie quiere juntar, ni si quiera en el trance de reformar una injusta ley electoral.

Pero desde aquí uno piensa, una vez más, en el futuro de los pueblos. ¿Es sostenible que siga habiendo pueblos con todos los servicios? Por convención se considera que son rurales aquellos territorios que tienen una densidad de población inferior a 20 habitantes por kilómetro cuadrado, en España eso supone el 80 por ciento de su territorio, en el que vive un 20 por ciento de la población. Quienes no conocen lo que hoy es un pueblo, suelen pensar que todo lo que no es ciudad está dedicado a las actividades agrícolas y ganaderas. A lo largo de mi vida he ido escuchando como el ruido de las ordeñadoras iba desapareciendo, aquella actividad moría y los chicos se iban silenciosamente de los pueblos, aunque en esta emigración muchos de ellos regresaban a dormir. Otro dato para rematar, la mayor parte de la producción agrícola en España se desarrolla en el medio urbano: el Valle del Guadalquivir, la costa levantina, Murcia y Almería.

Entre todas las cosas que debemos decidir sobre este país no conviene olvidar esta.

Cuídense.