Cartas babianas (XLVIII)

Queridos veraneantes:

El acceso a la playa no es fácil. Que sepamos, hay tres modos de bajar. El primero pasa por descender unas empinadas escaleras que caracolean por el acantilado. El segundo es un sendero que desciende por el lado amable del acantilado. El tercero un camino que acaba cerrándose en un sendero que cada cincuenta metros se bifurca, con maleza a cada lado. A la media hora de recorrer esta última ruta, el camino desemboca en el arenal. Una playa natural en toda regla, existen, a pesar de la crítica al legislador por haberlas contemplado por primera vez en una ley (Ley 2/2013). En esta materia el monopolio moral no es ninguna broma.

La vida en la playa se reduce a la observación de las gentes en estado de naturaleza y a la lectura. Diría que se lee más en una playa (natural) que en una biblioteca, pero quizá exagere. Casi todos llevan su libro, extienden la preceptiva crema por el cuerpo, se tumban o se sientan y abren el tocho que corresponda, son casi todos libros gruesos. Opto por la comodidad del kindle, no solo por rematar las lecturas pendientes sino por las aventuras de Julian Sorel. Aquí una magnífica descripción: “Por primera vez en su vida se dejó arrastrar por el poder de la hermosura. Perdido en la atmósfera de ensueños vagos y dulces, completamente extraños a su carácter, oprimía con dulzura aquella mano que le parecía el ideal de la belleza, y escuchaba a medias el rumorcillo de las hojas del tilo, acariciadas por la brisa, y los ladridos lejanos de lo perros del molino del Doubs”. Las mejores descripciones del libro son las de los estados de ánimo.

Interrumpo esta carta, porque me ha asaltado la duda de cómo se cita en formato kindle. Investigo y la solución que más se repite es esta que viene del Chicago Manual Style:

Si un libro se encuentra en más de un formato, cite la versión consultada. Para libros consultados en línea, incluya el URL; incluya la fecha de acceso si su disciplina o editor lo requiere. Si no hay paginación, puede incluir el título de la sección, capítulo o cualquier otro número relevante.

¿Y el lugar exacto de la cita? ¿Es un número relevante la posición que aparece en el kindle? Si fuera así, la cita bibliográfica anterior sería: Stendhal, Rojo y Negro, Kindle, posición 962.

A pesar de la protección solar no he conseguido librarme de un ridículo enrojecimiento.

Solo consigo despertarme una hora más tarde de lo que hago habitualmente. Estoy fatalmente unido a la madrugada. Lo bueno es que los días así tienen un esplendor desconocido para quien duerme la mañana. No solo porque son más anchos, sino porque en los primeros minutos uno puede acumular, con ventaja, el saber preciso para desenvolverse el resto del día. Antes, en estos primeros minutos escribía una declaración exacta que administraba, por palabras, hora a hora, hasta que llegaba el momento de renovarla. Ahora, leo las cosas que pasan y te franqueo esta carta, aunque nunca estoy completamente seguro de que te interese lo que en ella te digo. Los veranos son así y más si se escriben desde Babia, donde quiera que uno esté.

Según el servicio postal, esta carta se recibe en Noruega. El mundo afortunadamente se ha hecho más estrecho. En el constate debate si estos cambios son trascendentes o no, si nuestra vida ha cambiado o no; no me detengo, aunque convendrás conmigo que el que llegue esta carta más allá de nuestra esquina es asombroso y alguna sorpresa tendrá que deparar. En todo caso, vaya por adelantado mi agradecimiento.

Acabo para no hacerme demasiado pesado. Estos días me he fijado en cómo te mira quien por primera vez te conoce. Las buenas maneras le impiden hacer un barrido de abajo a arriba. No obstante, te clavan la mirada a la altura de los ojos con el único propósito de preguntarte cosas que solo se atreverían después de acumular toda una vida de confianza. Son perturbadores esos primeros segundos en los que tus ojos se cruzan con los del desconocido. Algunas veces, si la mirada es intensa y tarda en apartarse un instante más del convenido, te gustaría comenzar a contestar todas esas preguntas ocultas, para satisfacer su enérgica curiosidad. Después, cuando aparta sus ojos de ti, de la misma forma que se desclava un puñal metido hasta dentro, tienes la ventaja de mirar con tiempo al desconocido. Es en este segundo momento, cuando imaginas las cosas que quiso preguntarte o los comentarios que te haría a bote pronto. No los sabrás nunca y te quedarás con la intriga de la curiosidad que has despertado. Hay demasiadas barreras. Aunque el brillo de unos ojos escrutadores no dejan ninguna duda.

Cuídense.