Cartas babianas (L)

Queridos veraneantes:

He conseguido ganar una hora y media más de sueño. No digo que sea cosa buena, aunque supongo que sí sana. Aquí ha llovido a gusto, no debe de ser una penitencia porque no puede haber tanto pecado que saldar. Nos conformamos con que esto después quede verde. Pero esta mañana es ya distinta, me ha llegado por sorpresa la luz, y la confirmación (innecesaria por sabida) de que no se extinguirá.

Entre las cosas reseñables de ayer he visto Storm por recomendación de Arcadi Espada. Merece la pena verla aunque fuera no llueva. Yo ya tengo edad como para decir que las guerras de los Balcanes las vi por televisión e hice trabajos escolares sobre la partición de aquel país comunista, que en aquellos tiempos me parecía remoto. Ahora no tanto, desde luego. Una de las cosas que más me sorprendía, verán que no es una banalidad, es que en las calles de aquellas ciudades ensangrentadas había exactamente los mismos contenedores de basuras que en la mía. Debo aclarar, que en mi pueblo, en el año en que yo nací la basura se quemaba a escasos trescientos metros de las primeras casas. La democracia nos trajo, entre otras cosas, la recogida de basuras. Las calles limpias son siempre señal de desarrollo y de civilización. Por eso ver que una guerra religiosa, civil y nacionalista se libraba en unas calles en donde el día anterior se recogían ordenadamente las basuras, me aterraba. Podría pasar en Vicente Regueral. Podríamos matarnos a pesar de que COGERSA nos retiraba los desperdicios puntualmente. Simplemente era ingenuo. El desarrollo no evita por sí mismo la atrocidad.

Me reencuentro con esta idea en la aprovechada lectura de ‘La agonía de Francia’ de Chaves Nogales:

Tenemos el prejuicio de que las grandes catástrofes de los pueblos solo son posibles en medio de un apocalíptico desorden; conservamos fielmente la imagen dramática de las guerras clásicas, creemos demasiado en la realidad de las estampas románticas de victorias y derrotas y no acertamos a ver que en nuestro tiempo, dentro de la cuadrícula estrecha de nuestra organización social y urbana, las cosas suceden de una manera mucho más sencilla, con una simplicidad y una facilidad aterradoras.

La película tiene mucho interés para el jurista. Desde Nuremberg las guerras tratan de acabarse con una sentencia. El avance es notable, se reconocen las responsabilidades personales y se castiga por ellas. En todo caso, no ha habido un tajo decisivo entre el tratado de paz leonino en el que las potencias victoriosas imponen unas condiciones abusivas y la solución previsible (acaso equilibrada) de un fallo judicial. Es ese viscoso terreno en el que la película se mueve. Las culpas de una guerra nunca dejarán de ser políticas.

La compra del Washington Post por Jeff Bezos es lógico que abra la expectación de qué acabará siendo el periódico, quizá también el periodismo. A pesar de la fiebre de las puntocom y de sus rápidos dividendos, en 1997, con templanza escribía a sus accionistas sobre lo crucial de la estrategia a largo plazo (It’s all about the long term). Amazon tardó dieciséis años en dar beneficios.

Hemos perdido la paciencia justo cuando más la necesitamos.

Según las predicciones el tiempo mejorará mañana.

Cuídense.