Cartas babianas (LII)

Queridos veraneantes:

No puedo dejar pasar más días. Aunque se lo parezca, no soy inmune a los periódicos, aunque eso sí, rechazo leer la prensa local siempre que se me presenta la ocasión.

Cada vez que afirmamos de una u otra forma (y últimamente no hacemos otra cosa): “Gibraltar es español” estamos haciéndoles el juego. El juego es que Gibraltar sea todo menos español, que es lo que verdaderamente pretenden sus administradores. Deberíamos concentrarnos en que Gibraltar fuera realmente una porción del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Nuestros desvelos deben dirigirse a conseguir que en sus calles, en sus bares, en sus oficinas, en sus sucursales bancarias no ocurra nada que no suceda en Londres o Bristol. En definitiva, que esa porción ibérica no sea un anacrónico y folclórico lugar con monos y bobis (fuera de lugar y contexto), en el que saltarse las más elementales normas, propias de los serious Estados sea algo fácil y plácido. No solo queremos que ondee la Jack Union sino que imperen sus leyes y arraiguen sus costumbres. Si eso ocurriera, quizá los llanitos prefirieran confundirse con España, y la metrópoli no malgastaría fuerzas en su extraña porfía por esa ciudad meridional por no decir andaluza.

En el cielo no hay ni una nube. A estas horas de la mañana, la luz es azul. Cuando salga miraré en el cielo como quien observa atentamente la bóveda de una catedral. Ese techo empequeñece cualquier distancia. Y los metros no son más que un convencionalismo.

El recorrido de ayer solo tuvo un hoyo, el cuatro. La esperanza, ya no de remontar, pero sí de mantener el tipo. No perdí la calle y franqueé con un golpe certero un obstáculo de agua que rodeaba el green. A partir de ese momento los hierros dejaron de funcionar, el putt no alcanzaba la distancia, y solo podía agarrarme al híbrido, que en la calle me permitía avanzar con la honorabilidad de la que me privaba el hierro seis, aquel palo que el otro día fue mi tabla de salvación. Hay que controlar los nervios, relajarse aunque todo salga mal y agradecer que vas cerrando el campo y que aunque pienses lo contrario las demás partidas no se fijan, porque tienen bastante para sí. He leído que el poder de los obstáculos (lagos, bunkers y árboles) es psicológico, para mí es puramente técnico. De momento, dejaré los pretextos. A pesar del desastre, habrá que volver a este campo y medirse.

Trabajar en greenland te impone ciertas servidumbres veraniegas. Las tomo con filosofía. Con las leyes ocurre lo mismo que con cualquier otro ingenio humano, cuando no son eficaces hay que cambiarlas. Si se da el caso de que una ley, con carácter general, no se aplica, es porque está errada. Volcar la responsabilidad en quienes la deben aplicar es un lujo que solo pueden permitirse quienes no tienen ese encargo. El mismo lujo, la misma trampa, que atribuir efectos retroactivos a una ley nueva. Nada nuevo bajo el sol.

Cuídense.