Cartas babianas (LIII)

Queridos veraneantes:

Como saben la playa es para mí un laboratorio. La disfruto así, mirando en derredor entre página y página, bocado y bocado o sorbo y sorbo. Es una casa con las paredes transparentes. Dos hermanas acuden a la playa con sus familias, en total una prole de cinco o seis niños, incluyendo un recién nacido (empaquetado en una cuna de campaña). Los primos se divierten, discuten, protestan, comen, beben, mientras sus madres apenas disponen de unos minutos para leer cuatro páginas de un tocho, que a ese ritmo acabarán cuando se jubilen, o para poner su palmito al sol pleno del mediodía. El resto de la jornada están a sus quehaceres.

Después de un largo paseo hasta la playa sagrada y monumental, nos sorprende a nuestro lado una pareja con un bebé de menos de un año (diría yo). La chica vive pendiente de su teléfono como si más allá hubiera algo que necesitase. Las conversaciones de la pareja llegan sin dificultad y no esconden los recelos de la madre hacia su familia política. Él siguiendo el protocolo no responde y juega con la niña.

A escasos tres pasos y frente al mar, se instala al final de la tarde un grupo de amigos. Un extraño grupo de amigos que parecen compartirlo todo. Al menos hay contabilizadas dos parejas, aunque por el desparpajo podría haber más.

Al final de la tarde una chica entra en el mar. Ha venido hasta aquí distanciándose de su toalla. Tanto que a su salida la pierdo y no consigo localizar su asiento. Se ha bañado con decisión y el baño ha sido breve. Contrasta con los prolegómenos que han abundado a lo largo de la mañana.

He tomado baños en la Mariña lucense. Después un paseo por la civilización de un pueblo abultado y una cena frugal, donde hubo sitio para un revuelto de algas.

Ahora mismo hay nubes. Pero la luz indica que en una hora el día abrirá y habrá que reposarlo en un arenal. Donde, por fortuna, hay tiempo para pensar sosegadamente, lo único que allí puede hacerse en secreto.

Cuando se oye a un nigeriano contar los efectos que ha tenido la corrupción sobre su país una vez emancipado, escucho un aterrador relato y por primera vez, la distancia, evidente, no consigue protegerme del todo. Los testimonios del documental son una gota en el océano. Ya sé, no hay nadie más estúpido que el que no hace nada porque solo puede hacer un poco. Pero el verdadero problema no es lo poco que se haga sino los pocos que quieren hacerlo. O al contrario, los muchos que viven relajadamente de la corrupción tanto activa como pasivamente.

El desprestigio de la política, que tanto tiene que ver con la corrupción, no es algo propio de nuestro tiempo. Quizá sea un tópico irresistible. Así lo suelta Stendhal por mediación de su personaje Fouqué que en el trance de una despedida dice:

(…) conferirte un cargo oficial que te obligará a hacer cosas que censurarán con acritud los periódicos. Entonces sabré de ti con frecuencia, pero probablemente las noticias, en vez de producirme alegría, me llenarán de vergüenza. Yo quisiera que te convencieses de que, hasta bajo el aspecto financiero, es mil veces preferible ganar cien luises comerciando en madera, que recibir cuatro mil francos de un Gobierno, aunque sea el del Rey Salomón.

Una mancha, que como todas las que toca la poesía, es difícl de limpiar, como injusta en su universalización.

Mientras el día se arregla, leeré una sentencia del Constitucional en la que limita el poder de la asamblea legislativa. Si cumple con lo que promete, forzoso será traerla hasta aquí.

Cuídense.