Cartas babianas (LIV)

Queridos veraneantes:

El Nordés es un viento que, con esta denominación, no sale en Wikipedia pero que aquí sopla con ganas. Ayer fue más amenaza que peligro, solo hizo volar dos sombrillas. No tanto por su debilidad como por la precaución de los bañistas, que las clavan a conciencia. En todo caso, fue el culpable de que el mar dejara de estar tranquilo. En el horizonte, al fondo de todo lo que daban mis ojos, un mercante siguiendo una línea invisible apareció por el Este y desapareció por el Oeste. Sin velas pero empujado por la fuerza del Nordés.

Esta crisis con sus explicaciones y falacias, con sus soluciones y sus previsiones ha minado nuestro ánimo. Ha menoscabado las expectativas, las ilusiones de muchos de los individuos del grupo. No teorizaré sobre quien es el grupo, ni siquiera sobre su existencia. En cualquier caso, como animales sociales que somos, todos tenemos un grupo más o menos amplio al que queremos pertenecer. Se ha escrito mucho que nuestra resistencia está en la familia, y que sin ella todo habría saltado por los aires. En esta clase de análisis, por lo demás muy necesaria, anidan los grandes números. No hay un índice que mida el coste de esa resistencia ni los efectos que tiene sobre cada uno de los individuos del grupo. Los grandes asuntos no se detienen en estos pequeños detalles. La razón de Estado, para que nos entendamos, no es la suma de las razones particulares. Tampoco es algo independiente aunque a veces lo parezca.

La diferencia entre la perspectiva etic (del observador) y la emic (del sujeto agente) es muy útil. Y lo sería mucho analizar esta crisis respetando escrupulosamente esta separación. En los periódicos se mezclan constantemente ambas perspectivas, pero también en otros análisis más formales. La explicación es que una adecuada combinación de ambas perspectivas nos conduce a ver el vaso medio vacío o medio lleno.

Te podrás imaginar que por genética no me importa tanto la salud pública, como la de los nuestros. No sé si precisamente la genética, las lecturas, el ejemplo o todo revuelto, me han hecho individualista. A algunos esta palabra les suena horrenda, o la tacharán de desplante cínico. No me importa. En todo caso, no concibo la tranquilidad sin que la tengan cada uno de los individuos del grupo. Por eso me resulta un pretexto anacrónico y peligroso eso de la salud pública, entendida como esa supuesta ventaja general que no atiende a la de cada uno de los sujetos.

Muchas de las soluciones, vengan del lado que vengan, me suenan a comité de salud pública. Ya sea bajar sueldos frente a quienes no disfrutan de uno, ya sea invertir lo que no se tiene y cuesta mucho tener.

Posiblemente no haya otra y cualquier camino sea despiadado.

Leo que Bezos dice que su mujer sería capaz de sacarle de una cárcel del tercer mundo. Pues esa es mi hermana, en la víspera de cumplir años y con la responsabilidad de estar preparada para rescatarme, como siempre, de cualquier inhóspito lugar. Como bien sabes, los dos de la mano camino de la obra con vuestro almuerzo. Los miedos del mayor y la valentía de la pequeña; puedes estar tranquilo, sigue intacta.

He acabado el informe de Manuel Chaves Nogales sobre la caída de Francia en manos de Hitler. Resulta interesante acumular datos para desechar que esa derrota haya sido culpa de Maginot. Ha sido algo más profundo y aterrador. Una sima insalvable entre los ingleses (puede leerse las veces que se quiera a George Orwell) y los franceses. Pero se ve bien en la excusa final para entregar París, en la luminosa conclusión de Chaves Nogales que me permito subrayar (‘La agonía de Francia’, p. 163):

Pero inmediatamente, con una rapidez fabulosa, se difundía por por París un sofisma que esterilizaba estas veleidades de resistencia. La argucia que empujaba a Francia a entregar París sin lucha se basaba únicamente en la pseudopatriótica consideración de que sería un crimen horrendo consentir la destrucción por los alemanes de los monumentos artísticos y arqueológicos de la ciudad, exponer sus joyas arquitectónicas al peligro de los bombardeos por la insensata aventura de una defensa desesperada. Toda la beatería intelectual y todo el tartufismo burgués, obedeciendo a esta hábil sugestión de la propaganda del doctor Goebels, se puso a derramar abundantes lágrimas de cocodrilo sobre las torres de Nôtre Dame como si ya las viesen derruidas por su culpa.Y con grande y trágico ademán renunciaban en aras de la civilización a la defensa de la civilización misma. París, que al trasladarse el gobierno a Tours estaba a punto de convertirse en el baluarte de Francia, era entregado sin lucha a los agentes de la circulación que Hitler mandaba en vanguardia para que lo conquistasen.

¡Acabáramos! los municipales.

Cuídense.