Cartas babianas (LV)

Queridos veraneantes:

He regresado a los pliegues del interior. El interior es mi casa, un gran estómago en cuya trabajosa digestión siempre me he encontrado a gusto. Para mí no es difícil. He aprendido a no tener un lugar fijo y he ido perdiendo, previa deliberación, todas esas augustas referencias que la gente suele tener. Nunca he vivido en una ciudad en la que pueda ser considerado seguidor de su equipo de fútbol. En este país eso podría considerarse como una traición. Aunque un juicio de esa naturaleza no me asusta. Por añadidura, tampoco suelo compartir esos inocentes lugares comunes que hacen al verdadero español ser un antiamericano o un antiisraelí, por poner un ejemplo. Es como si fuera un veraneante todo el tiempo. Alguien que comparte espacio pero poco más. Claro que ese “poco más” implica pagar impuestos, hacer el servicio militar (cuando lo había) y honrar a la bandera. Estas obligaciones son accesorias a las principales de que he hablado. Un honrado contribuyente puede ser perfectamente un asexuado veraneante. Nadie debe pensar que escribo esto con fastidio, si me apuran, lo hago con gusto porque los lugares acaban trayendo dificultades. Estar bien, en el buen y amplio sentido de la palabra, es una cuestión de personas. Eso también tiene inconvenientes que el constante recuerdo o un número como el doce no me solucionan.

Rota la rutina vacacional es inevitable pensar en el vértigo del año. La gran metáfora de la vuelta al cole, aquellos tiempos en los que querías empezar todo porque te hacían creer en las aventuras. A mí me gusta mi trabajo y esta afirmación tiene mucho que ver con el párrafo anterior. Y muchas veces creo ser un aventurero atornillado a un escritorio leyendo e incluso tejiendo la red y los cables que nos sujetan y protegen de nosotros mismos. Al fondo, la realidad. Una temporada que se presenta interesante.

Disfruten de estos días y cuídense.