Cartas babianas (LVI)

Queridos veraneantes:

Nuestro mundo es el de las conversaciones en diferido. Permítanme diferenciar entre conversaciones en directo, que serían aquellas que son simultáneas (presenciales, telefónicas, a través de skype, &c.), de las conversaciones en diferido aquellas en la que un emisor habla y el otro puede tardar horas, incluso días en contestar. En estas uno puede preguntar a su interlocutor un sábado por la tarde “¿qué corbata llevas?”, y el interpelado escribir su contestación el miércoles siguiente, pero refiriéndose no a la corbata que lleva puesta mientras responde sino a la que había anudado el sábado de referencia. En esta modalidad las charlas podrán seguir siendo banales pero no efímeras. La victoria sobre la distancia ha sido del correo postal y la derrota del tiempo es, sin duda, del whatsapp, ese “¿qué pasa?” que puede responderse retroactivamente con toda tranquilidad.

Este tipo de charlas se alargan infinitamente, admiten mal las despedidas protocolarias. Sospecho que quienes no han conocido la formalidad de la despedida postal o teléfonica, ni siquiera se despiden. Dejan abierta la conversación para iniciarla en cualquier momento. La influencia de esta nueva modalidad ha sido tal que se proyecta a los clásicos sms, que aunque no nos acordemos, eran otra cosa distinta a una conversación.

– Hola, estás ahí? -Escrito después de que transcurran diez minutos sin obtener contestación a un mensaje anterior, solo prueba las ansias y acaso la vocación de simultaneidad que toda conversación conserva.

Puede que hayamos ideado la manera de hablar en el pasado. Y lo que se dice allí goza de la trascendencia de la eternidad.

La garganta me molesta levemente, como ha hecho en diferentes momentos del año. Durante una época he abusado de ella, sin darme a ningún vicio, simplemente, cumpliendo un deber autoimpuesto. Esa es la factura que me pasan aquellos años de agarrotamiento que sin embargo me han dado más de lo que me han quitado.

La tarde marinera de ayer presagiaba un día claro y transparente, sin embargo, el cielo está encapotado. Admito que en cierta medida mis estados de ánimo dependen del tiempo, a más luz, más alegría. Cuando el cielo se pone así, y ninguna dama pasea con sombrilla, me muevo con más lentitud. A veces, caigo en la introspección y en mi cabeza se escriben notas para este diario que serían tan brillantes como imprudentes. Pienso en llevar unas anotaciones clandestinas, pero me doy cuenta que no serían útiles ni para mí. Lo que de verdad cuenta es lo que puede escribirse a la luz, incluso en los días que son tristones.

Una vez que firme y rubrique esta carta, remataré una tarea pendiente que debo. Luego leeré algo y más tarde planificaré el resto del día. Dependiendo de las circunstancias acabaré arando en el campo. He hecho acopio de munición y el único camino es la perseverancia. Les mantendré informados.

Cuídense.