Cartas babianas (LVII)

Queridos veraneantes:

Hoy es la fiesta del verano, el precio más alto al que cotizarán esas orquestas valencianas o gallegas, que son capaces de tocar ‘el chocolatero’ y con las mismas, ‘Because the night’. En un altillo entre los vocalistas, el guitarra, el bajo y la sección de viento, unas chicas a medio vestir que hacen las veces de coristas. Así son las noches de fiestas de casi todos los pueblos que yo conozco. La música de orquesta, dulzona y extraviada ha acompañado mis noches de verano, al menos, desde los 14 hasta los 25 años. En aquella época hoy era la mitad del mes, y ahora ya se avista el final del verano.

En el periódico Savater habla de una idea de socialdemocracia que ha dejado de correr. Al mismo tiempo que de la política española se ha ido apartando el sentido común. Sustituido por un lenguaje envenenado lleno de trampas en que las palabras escogen el sentido y se hacen tóxicas. Los grupos se las apropian y con el tiempo se envilecen. Nada que no haya descrito Orwell. Te cito a Savater, a quien sin duda darías la razón:

El lenguaje políticamente correcto decreta que “euskaldunizar”, “catalanizar” o “descentralizar” pueden llevar a abusos, pero son términos aceptables; en cambio “españolizar” o “recentralizar” son voces reaccionarias en sí mismas, incluso fascistas. Los políticos antiseparatistas, si quieren ser gente progre, serán vasquistas, catalanistas o galleguistas y proclamarán que ya no tiene sentido reivindicar la nacionalidad estatal, pasada de moda.

Conoces mi inclinación por meterme en todos los vericuetos jurídicos que salen a mi paso. Y me pregunto por qué toda descentralización es buena y toda recentralización es mala. Uno de los fallos de la naturaleza, y también del derecho natural, es apoyarse sobre ciertas inmutabilidades. Mi diagnóstico es que lo políticamente correcto envuelve un despiadado y duro conservadurismo. Se trata de preservar la posición a toda costa. Por esa razón nos dicen que la retrocesión de competencias (como me gusta etiquetar al asunto en su dimensión jurídica) es un súcubo. Sus demonios nunca serán los nuestros.

No hace falta pararse mucho en esto, pero nuestro trabajo son las palabras y el lenguaje. Nada más ni nada menos. Las circunstancias piden que las palabras vuelvan a ras de suelo, que todo el mundo entienda lo que se le dice. En nuestro mundo sigue teniendo valor la ininteligibilidad del discurso. No lo entiendo, luego sabe mucho. El mundo, que son las palabras, no se puede reducir a una jerga. La jerga solo es útil entre especialistas, cuando se rebasa ese marco, resulta impertinente y suele traer una mercancía averiada.

Para conjurar este mal escribo aquí. Hacerse entender no es fácil, aunque con tiempo y en la tranquilidad de este lugar resulta más fácil.

Cuídense.