Cartas babianas (LVIII)

Queridos veraneantes:

Esta es la única carta genuinamente babiana. La visita ha sido corta y provechosa. La tarde prometía tormenta, sin embargo, acabó siendo una tarde despejada y luminosa. La luz a esta cota es única, para anochecer el cielo va mudando sus tonos lentamente, el día declina trabajosamente, como si no recordara la forma en que lo hizo el día anterior. Una puesta de sol desmemoriada que sorprende siempre, pese a la alarma térmica: ida la luz, ido el calor. Esta buena tierra es una tierra de jersey y manta por la noche. También es un lugar propicio para las bicicletas, pero eso nos llevaría demasiado lejos.

En plena noche y en una casa amiga dejamos la miel reposando. Sin abejas nos acabaríamos. La domesticación de este insecto, que básicamente consiste en confiscarle su trabajo a cambio de comida, techo e higiene, ha despertado desde siempre mi curiosidad. Debo reconocer que solo ha sido curiosidad y que no me he empleado a fondo en entender el mecanismo. Eso sí, siempre que puedo hago preguntas y trato de imaginar el gobierno matriarcal de una colmena, en la que un inesperado día tus propias hermanas pueden cerrarte el paso, procurándote una muerte segura.

Desde hace unos años hay osos, y los osos acaban, cuando pueden, con sus hocicos en los panales. En este caso, el oso es un rival trófico directo del hombre, ambos compitiendo por la miel. Aunque no por la misma miel. Basta comprobar la cantidad de filtros que debe atravesar «nuestra miel» para comprender lo sofisticados que podemos llegar a ser.

Como sabes Babia es un ovillo de recuerdos. No podría ser de otra forma. Precisamente, por eso, todo verano y donde quiera que esté, siempre estaré en Babia, ni un paso atrás. En un momento dado, ensimismado y mirando la pared de Ubiña creí estar en una isla —una sensación inigualable, si yo fuese Dios y tuviese el secreto…

Mañana me aproximaré al campo de trabajo. Con los calores hablar de otoño parece una tontería. Todos sabemos lo que viene después del verano y de las vacaciones.

El teorema según el cual un libro interesante llama a otro libro, se vuelve un principio inexorable, si mi hermano está cerca. Cerrado el libro de Chaves Nogales del que ya he dado cuenta aquí, abro el relato de la vida en el París de posguerra, de Beevor y Cooper. París bien vale una misa y es mucho más que una ciudad. Tengo tramado un viaje retrospectivo al único París que cabe en mi cabeza que es, para entendernos, el revolucionario. Mi aspiración es tropezarme primero con el barón D’Holbach y luego con Condorcet.

Aunque a partir de ahora los libros irán con lentitud y se acumularán, a la espera de un nuevo desahogo.

Cuídense.