Lo que dura una guerra

Es un fin de semana raro, quizá se deba a que es el primero después de las vacaciones. Me resulta muy difícil explicar la sensación que padezco. Me quedo más tranquilo si no pienso mucho en ello.

Me resulta difícil separarme del libro de Beevor y Cooper, que describe perfectamente la lentitud con que las guerras se acaban. Incluso las que se vencen, como la II Guerra Mundial. Los detalles de los días posteriores a la victoria son fáciles de imaginar, pero raros de encontrar debidamente documentados en un libro de historia. Las cosas que pasaban en París son un prefacio de lo que luego sucedería a una escala mayor en Alemania: la terrible sombra del colaboracionismo. Da la impresión de que no había un concepto claro de colaboracionismo, por lo demás de difícil de formular. Esta ambigüedad resultaba útil para dar rienda suelta a las ansias de venganza y revanchismo. La posguerra esconde la parte peor de la guerra, en sus primeros momentos de anomia. Y los héroes a veces hacían cosas así:

No faltaron casos en los que el prisionero llegaba a su apartamento para enterarse por un vecino de que su esposa se había ido a vivir con otro hombre. Uno de ellos se encontró en su casa con un niño de cuya existencia no le había hablado nadie. Su esposa no estaba, pues había salido a comprar. Los celos del recién llegado estallaron después de cinco años de confinamiento en un campo de prisioneros, hasta tal punto que acabó con la vida del crío antes de entregarse a la policía. Sin embargo, la víctima no era ningún hijo que hubiese tenido su mujer con otro hombre: para conseguir algún ingreso económico, ella se había ofrecido a cuidar niños en su propia casa.

La posguerra es cosa de la historia, pero guardar la ausencias es cosa de la vida, y como todas las de su especie no están sujetas a plazo ni premio ninguno.

El contraste es interesante, el París derrotista y frívolo que no quería combatir, que tan bien cuenta Chaves Nogales; al París entusiasmado por la liberación, donde las mismas gentes que aplaudían al viejo mariscal Petain eran quienes aclamaban a Leclerc, Eisenhower… y se disponían a arrostrar tiempos difíciles con suma alegría.

En unos minutos volveré a la realidad, que en este caso es enfrentarse a un gigantesco prejuicio que la opinión pública asume sin dificultad, y lo que es más grave que quienes lo propagan no prueban. Los periódicos deberían exigir con suma precisión los argumentos y razonamientos que sirven de base a sus titulares y noticias. Aun en el caso de que no los puedan publicar, por razones de espacio o complejidad, deberían tener una despensa llena de pruebas. En el mejor de los casos usan el criterio de autoridad, dando la voz a un experto, pero sin pararse en lo que dice. Y en el peor, espetan el prejuicio acunado por unas cuantas cifras. Tienen que hacer el trabajo para el que un ciudadano estándar no tiene tiempo. Desgraciadamente, esto, como es el caso, ocurre en pocas ocasiones y las razones quedan postergadas.

Encarar la defensa de una causa pasa por ordenar la cabeza, a eso me dedicaré lo que queda de día. Un domingo raro en el que el sonido del autobús deteniéndose, abriendo sus puertas y arrancando me sacude, por fortuna, de media hora en media hora.