1974

En agosto de 1974 un francés decidió pasearse por un cable suspendido entre las dos torres gemelas. La parte de la proeza que me interesa es la que se refiere a los preparativos, y sobre todo la ingeniosa manera que tuvieron de lanzar el cable de acero de una torre a otra. Todo en una noche para dar el golpe al amanecer. Ese 1974 se funde con 2001, un símbolo que fue juguete. Las consecuencias inmediatas que trajo la hazaña para su protagonista merecen también mucha atención. El grupo de amigos se deshizo y dejó a su novia casi de inmediato. La gloria es incompatible con cualquier forma sencilla (u ordinaria) de vida. Vale más no fingir lo contrario.

Leo con atención al director de The New Yorker, y me detengo en los facts checker. El periodismo detrás de la verdad. Por respeto los diarios deberían decirnos cómo es su laboratorio, contar al lector el proceso por el cual se publica una noticia. Podrían incorporar a sus libros de estilo estos procedimientos. Y cuando se equivoquen explicar, con minuciosidad, lo ocurrido: qué ha fallado, quién ha fallado. La consideración a los lectores.

Si queremos, tenemos a nuestro alcance una vida espumada. Eso sí, sin facts, ni tampoco facts checker. Por simplificar y ahorrarnos cualquier mal trago la política nos priva de los detalles prolijos, según Habermas ‘ocultación tutelar’. La peor parte de la crisis, la que quizá no se lleve el tiempo, es este mundo de malos y buenos en el que la discusión no sale de esas categorías. Un patio de colegio.

 

La vecina ha vuelto. Me ha costado mi buen tiempo llegar a esta frase. La pulcritud de la terraza y el cambio de prendas en el tendedero han sido la confirmación definitiva. Él no está, no se oye ningún ruido, por oír no se oye ni siquiera una conversación telefónica, sobre la que pudiera conjeturar que él está al otro lado. Ella se mueve por el apartamento, pero sus pisadas suenan muy lejanas. Tampoco enciende el televisor ni pone música. Antes lo hacía. Es muy pronto para aventurar si está triste y mucho más para adivinar los motivos. Aunque no hay nada más fácil que fantasear sobre las causas de la tristeza ajena. Todas las tristezas tienden a caducar, de una u otra forma, el tiempo las doma o las ordena. Pero hay un tipo de tristeza que no cesa, la bautizo como tristeza transparente, nunca se va. Se renueva constantemente y te atrapa. Esa tristeza es para siempre. Insisto en que no tengo pruebas, y sin ellas no soy nadie, y tampoco sé si sus zapatos de tacón podrán sacarme de dudas.