Curso 2013-2014

Comienza el curso escolar, sin esperar una semana más. Lo hace acompañado por la música fúnebre de que no habrá olimpiada en 2020. La harán los japoneses en un horario televisivamente imposible y con todos los adelantos tecnológicos al alcance del hombre. Posiblemente España tenga que dotarse de otro perfil para estos menesteres. Pasar del ‘amigos para siempre’, de ser unos magníficos organizadores de sesiones inaugurales y fiestas a ofrecer algo más acorde a un país consolidado. Ser amables pudo estar bien para franquear algunas puertas, ahora ya no basta. Solo hace falta haber visto la presentación de Japón reclamando para sí la universalidad y reivindicando la perfección (un lugar en el que desde los programas electorales hasta el último horario de tren se cumplen en sus propios términos).

Damos pasos en la buena dirección, faltaría más. La prontitud con que los niños vuelven al colegio puede ser un indicador. Hay muchos más y el definitivo será abandonar este proyecto hasta mejor ocasión, cuando verdaderamente valga la pena y podamos presentarnos no como fuimos sino cómo somos y queremos ser.

Volvamos a las mochilas cargadas de libros y a los autobuses reptando de parada en parada. Así empieza el otoño y así se hacen más pequeños los días. La temperatura baja y la lluvia vuelve a estar autorizada. En las escuelas las ilusiones duran no más de una semana, lo que queda es pura rutina, sobrevivir a los compañeros, a los profesores, al ritmo frenético de la prisa constante… La novedad de los nuevos compañeros, de esa niña a la que el verano ha cambiado para siempre, o de las aventuras de las vacaciones exóticas o raras del compañero de pupitre.

En mi caso, en un colegio de pueblo donde todo el mundo se conocía, donde incluso sabíamos de antemano nuestra indumentaria, un uniforme a base de azul marino y camisa blanca, con pantalones cortos y calcetines a la altura de la rodilla hasta bien entrado el otoño; toda novedad acababa el primer día del curso.

 

El vecino ha regresado y se ha hecho notar. No puede evitarlo, hace el ruido que solo un ocioso puede hacer. No se atiene a horarios y parece creerse un artista bohemio en medio de un ciclón de creatividad, en donde parar es morir. Ella sigue manteniendo el silencio y el orden. No se fía y no puede disimular. Son los signos de que muy pronto comenzará a avergonzarse. Me resulta extraño que se solidarice pero imposible que pueda defenderlo en público. La imagino metida en un lío del que nadie puede sacarla. Se han ido de fin de semana. Cuando vuelvan, el frío le impedirá convocar reuniones nocturnas y dentro de la madriguera pasará inadvertido. Predominarán los silencios de ella y tal vez, alguna conversación telefónica en la que aprovechando su soledad, se queje a una amiga.

Un funeral me hace pensar (repensar) en las despedidas. En el acto de valentía que supone despedir, para siempre, a alguien a quien quieres. La fatalidad de la muerte convierte el adiós en un acto heroico e incomprensible.

Sin embargo sí hemos encontrado el tono y la metáfora adecuada para las despedidas por amor, un tren que se va y un andén que se queda corto: