Ya era hora

La semana ha caído sobre mí decidida a aplastarme. Un piano de cola que ha empezado a caer mucho antes de que yo hubiera nacido. Creo haberlo evitado. ¿Quién sabe?

Supongo que debería haber escrito antes sobre el intento de secesión. Ninguno de mis editores me lo ha pedido, y mientras he podido preferí hacer novillos. Además cuento con la ventaja del jurista que dentro de su verja ve la cosa imposible y fuera de ella muy violenta, tanto que no pueden permitírselo. Hasta ahora y en esta materia todas las fórmulas ensayadas -muy ingeniosas por cierto- se agotaban en el derecho, es decir en el procedimiento. Basta recordar a Ibarretxe sentado solo en aquella mesita en el salón de plenos del Congreso de los Diputados. La pelota que golpeaba el frontón, y oía el eco de la «indisoluble unidad de la Nación española…» El ADN de cualquier Constitución. Aquello les bastó y recogieron su plan. Mientras el jurista encantado de haber predicho con exactitud aquel solemne desenlace. Recogieron y hasta hoy.

Siempre ha sido así, y siempre el derecho, aunque fuera el español, les garantizaba una derrota explicable y a veces, electoralmente rentable. Este caso tiene otra pinta, aunque quizá vuelvan al derecho para perder jurídicamente, lo que hacen muy bien. Puede ser sencillo, simplemente plantear la reforma de la ley orgánica de referéndum con el objeto de que puedan convocar su consulta. No lo conseguirán y eso abocará al pueblo catalán a otras elecciones. Si las ganan —los mártires no suelen hacerlo—, durante un tiempo cabe pensar que se dedicarán a la administración ordinaria.

Fuera del derecho tampoco vencerán, y nada, ni nadie les garantizará la placidez de la derrota.

A veces una casualidad es una ducha en el infierno. O la constatación de que no siempre el tiempo pasa por todo. Lo que queda, a pesar del agujero, es lo único que vale.