Amanece que no es poco

En mi cocina no amanece, es un cubículo mínimo sin ventilación, donde la única forma de estar es de pie. Amanece en la pieza multiusos, y lo hace despacio mientras leo en la prensa los artículos de siempre. Aunque algún día amanezca en mi cocina, ya no será como antes. Siempre hubo otros amaneceres, y con la misma exactitud puedo escribir «siempre habrá otros amaneceres». Hace un momento la luz eléctrica se hizo innecesaria, el sol la excusaba. No me explico como consigue entrar en estas calles estrechas de edificios altos.

Un 20 de octubre de 1962, tres personas estaban en uno de los porches traseros de la Casa Blanca: el Presidente, el Fiscal General y el escritor de discursos. Empezaba la crisis de los misiles cubanos. Era la primera vez que el mundo estaba a punto de enzarzarse en una guerra nuclear. Estos tres hombres hablaron sobre esa hipótesis, con tranquilidad. Pensaron en el futuro de sus hijos y también en el de los que ni siquiera habían nacido, pensaron en mí. Mi padre tenía once años y mi madre nueve. El Presidente cita a Bacon «He that hath [have] wife and children hath [have] given hostages to for fortune». Un hombre que tenía en sus manos la fortuna de muchos otros. La conversación continuó y el Presidente, para subrayar por qué había que conseguir reconducir las cosas pacíficamente dijo: «that there’s not enough room for everybody in the White House bomb shelter». Al parecer, continuaron bromeando sobre quién estaba en la lista de escogidos para entrar en el refugio nuclear.

En otras cocinas amanece. Me gusta pensar en cómo lo hace y recrear la escena. El desayuno es un acto íntimo y pacífico en el que uno piensa, lee o finge hacer todo eso. En el instante en que amanece para mí lo hace para todos, y mi mañana se cruzará en alguna parte con las otras mañanas.

Ayer he salido a correr para alejarme definitivamente de los últimos cinco días. Me hubiera gustado aprovechar mi paso por el parque para enterrar en un lugar secreto mi tesoro. Y volver, diez años después, con un croquis a recogerlo. O dejar que lo encuentre un desconocido. A la vez que tramaba mi plan notaba como las fuerzas se apoderaban de mí y conseguía cerrar el circuito completo. Ocho kilómetros para llegar exhausto a casa, subir por las escaleras, pasarme de piso para llegar a ninguna parte. Planeando el rescate del tesoro, recordaba esta canción que suena tan irónica como el primer día en que la escuchamos los tres, en aquel Panasonic que aun debe de andar dando vueltas por ahí.