El mundo

Nos dicen desde pequeños que la mejor forma de entender el mundo es estudiar, leer, aprender de los mejores. Así comprenderemos lo que sucede, por eso tenemos que ir primero al colegio y luego a la universidad. Y en el camino hacer todo lo que se espera de nosotros. En mi caso, el asunto no ha acabado en la universidad, pero eso, ahora no importa. Completado este circuito, después de escuchar alguna ópera, o una sinfonía de Beethoven, leído al Cervantes del Quijote o a Shakespeare, o a mi Calderón: el mayor bien es pequeño, tras haber pasado por el Prado, asombro incluido al ver ‘Las Meninas’ y disfrutar de la forma en que Goya, igual que Galdós, pintaba España tal como es. Con todo eso (y mucho más) el mundo ya no te engañaría. Conocerás las pasiones que lo mueven, comprenderás las reglas que lo gobiernan, te protegerás de las bestias, y alcanzarás una razonable felicidad. Eran poderosos motivos para ir puntualmente y con regularidad al colegio.

Con el tiempo, uno entra en la edad de las sospecha y aquel fin se reduce a ganarse el pan, que no es poco. Pero tendrá que pasar más tiempo y bajar hasta las máquinas para comprobar que aquellas reglas que teóricamente deberían servir, no valen nada. En medio de un campo sin brújula, ni estrella polar, ni musgo, ni nada sólido a lo que agarrarse. La tentación de echarse a un lado. Observar cómo han tenido que olvidarse de todo para caminar sin muletas, un fardo inútil, del que sin embargo, cuesta prescindir. En la superficie todo sigue igual, y las mamás del siglo XXI continúan diciendo lo mismo, porque no tienen otra cosa que decir. Las inteligentes confían, con acierto, en que el mundo lo corregirá, y para entonces, la escuela, la universidad habrá acabado.

El mundo de los adultos no existe, como tampoco existe el de los niños, ni el de los viejos. Es el mismo, un tiempo, un lugar y unos acompañantes. Sus reglas no se pueden escribir, ni enseñar, ni aprender, ni memorizar. Tal vez, Hobbes y Maquiavelo lo hayan intentado de veras, pero no muchos más. Descorrer el velo y comprobar que nada sirve, sigue siendo igual de duro que antes.

En la carrera de esta mañana, solo, he podido pensar en todo, también en esta entrada y en lo que escribiría si estuviera en la isla.

El mundo me ha enseñado el significado de algunos versos que hasta hace poco no sabía colocar. Dirán, con razón, que se puede vivir sin descifrar versos, pero añadiría yo, con su permiso, que los poetas son una especie de portavoces para situaciones críticas. Su ausencia o incomprensión nos acerca bastante a nuestro fin. O quizá no.

No obstante, sin ellos, y en general, sin la luz, nunca podría haber escrito esta entrada. No habría mundo si no hay paraíso. Me basta.