Nostalgia

Nostalgia es no estar ahí. Nostalgia es no poder hablar largo y tendido con mi abuelo paterno, y preguntarle por las cosas que suceden a mi alrededor. O estar en su regazo a última hora del día, o no poder aprender nada de él. Nostalgia es no poder dormir con la tranquilidad de que tras una tenue luz de linterna aparecería mi abuela, para acabar con la obscuridad y todas mis inseguridades. O no tenerla para siempre, o no poder haberla escuchado con los oídos de aquel adulto que ella acaso pudo adivinar, o por haber olvidado su voz y ya no estar seguro de haberle dicho todo lo que debería, es decir, por no haber tenido tiempo ni siquiera para darle las gracias. Nostalgia es recordar como mi nombre consiguió quedarse en la cabeza de mi abuelo materno, incluso después de que la razón le abandonara. O no poder hablar, discutir o simplemente estar con él, o no poder alejar el recuerdo de sus últimas horas para que se abra paso el de aquellos días plenos que, a pesar de todo, nunca podrán morir.

Al lado de esta nostalgia incontestable, hay otras que colonizan mi rutina diaria y de las que no tengo escapatoria posible. Ni quiero.

Nostalgia es no estar ahí. ¿Dónde? No importa, justo ahí.