El soldado.

Tenemos mucho frío. Llevamos más de cuatro horas en este cruce. Como siempre, en la última media hora del relevo, tenemos miedo. Pensamos que lo que no ha ocurrido en las anteriores cuatro horas y media va a suceder justo al final. Es irracional. El caso es que en esta media hora los cuatro guardamos silencio. El conductor se aísla del resto. Sin que él se dé cuenta me gusta observarlo. Tendrá unos veintidós años y creo que sigue alucinado, tengo dudas sobre si realmente sabe dónde está. En medio de la nada. Solo espera que yo le ordene dar media vuelta, una vez que llegue el refresco. Hasta ahora no hemos hablado mucho, nunca lo hacemos. A veces, como si el peso de tranquilizarles recayera sobre mí, les pregunto cómo van los Celtics. Me contestan y la conversación acaba muriendo, es raro el día en que continuemos y enlacemos con otra cosa. Cuando eso ocurre, el mayor del grupo, el cabo Rodríguez, nos habla de sus cinco hijos como si acabara de haberlos visto. Pienso en sus tres vidas como ellos pensarán en la mía. Todo es muy extraño.

En estos minutos en los que nos esclaviza la incertidumbre, me pregunto por qué demonios estoy aquí. «[…] Y quiero decir algo a los escolares de toda América, quienes estaban mirando en directo el despegue del transbordador. Sé que es duro de entender, pero algunas veces, sucesos dolorosos como este ocurren. Es parte de la exploración y el descubrimiento. Es parte del proceso de expandir los horizontes del ser humano. El futuro no pertenece a los temerosos, el futuro pertenece a los hombres con coraje. La tripulación del Challenger nos estaban conduciendo hacia el futuro, y nosotros los seguiremos […]». Esta es la explicación, aquel discurso del presidente Reagan en el salón de mi casa junto a mi padre, a mi madre y a mis dos hermanos. «El futuro no pertenece a los temerosos, el futuro pertenece a los hombres con coraje». Esas palabras siguen resonando en mi cabeza, después de tanto tiempo. Cuando explotó el transbordador estaba viendo el lanzamiento en casa de mi amigo Tom. Enmudecimos, aunque no sabíamos exactamente lo que había pasado. Después el locutor lo dijo, y nosotros seguimos jugando. La vida nunca se detiene. En cambio, cuando mi padre nos pidió que nos sentáramos a escuchar al presidente, me pareció que lo había entendido. «El futuro pertenece a los hombres con coraje». Y yo quería tenerlo.

A mi madre le costó mucho entenderlo. Mi padre me apoyó, porque siempre cree que los principios son el mejor motor para la acción. Mi hermana sigue todavía asustada, y donde quiera que esté, apretará cada cinco minutos sus dientes por mí. Con mi hermano nunca he hablado sobre esto, pero es como si estuviera aquí, esperando a que la radio nos dé la orden de volver a la base.

Faltan quince minutos y solo puedo pensar en ti. Llegaré a mi barracón, abriré el ordenador y veré, una vez más, todas tus fotos. Si tengo conexión (y ánimo) hablaremos por el Skype. Fingiremos que no tenemos sospechas y que tú no ves los vídeos que los muchachos suben a Youtube. Nos quedaremos sin palabras y nos conformaremos con oír nuestras respiraciones, mientras nuestros ojos eludirán la cámara. Hoy cenaré con el coronel y el resto de oficiales. Te echaré en falta y en medio de esas conversaciones solo pensaré en ti. Me retiraré de los primeros, quizá escuche música. Me interrumpirá algún compañero que quiere tanto como yo, hablar y guardar silencio. El calor denso del barracón contrasta con este frío que no nos deja. Es forzoso reconocer que la vida aquí es muy distinta a la tuya allí. Tengo escalofríos. Sin embargo, ninguna distancia, ni la más larga de todas, podrá impedir que en estos minutos sepa por qué debo aguantar.

Por mi reloj solo quedan tres minutos para acabar por hoy. Hace mucho frío, mi mano derecha aprieta la izquierda y no puedo mirar al cielo.