Patas arriba

Siempre que pruebas a asomarte al mundo tienes la sensación de que está patas arriba. Este es un momento muy difícil para el optimismo. Aunque si conseguimos sobreponernos y miramos hacia atrás los avances han sido notables en los últimos años. Aunque nada de eso pueda ser consuelo. Los únicos problemas que existen son los que uno tiene.

Ahora que puedo, reparo en que tengo muchas lecturas pendientes. Libros abiertos que tengo que rematar. He acabado el libro sobre el París de la posguerra, y concluyo que la posguerra parisina acaba en mayo de 1968. Más de veinte años después. Mis notas sobre el libro se detienen muy pronto —no sé por qué—, pero releyéndolas me paro en la cita de Fabre-Luce: «Francia es un país donde, en tiempos revolucionarios, la histeria queda templada por la corrupción». La revolución cuya utilidad social perdura hasta nuestros días, es la americana cuya Constitución sigue vigente. La norma ha petrificado su postulado más radical: la libertad.

La posguerra en París tiene interés, porque Francia fue un país vencedor de aquella manera, y vecino de Alemania. En el libro se ve con toda claridad sus recelos hacia Alemania. Aunque son más llamativas sus reticencias respecto de Inglaterra y el Estados Unidos del Plan Marshall.

La Europa continental no debe olvidar quién, llegado el momento, se encargó de proteger nuestro modo de vida. Como todas las paces que ha habido en el mundo, esta es (y menos mal) la de los vencedores.

Estos días trataré de acabar la biografía de Unamuno escrita por Juaristi y el ensayo sobre la gobernanza inteligente en el siglo XXI. Sobre la mesita queda Rojo y Negro. Y buscaré algunas lecturas jurídicas que volverán a Kelsen y se desparramarán por los vericuetos de la regulación de la energía, al margen de las lecturas obligadas del curso.

En papel, y a pesar de la minúscula letra, seguiré leyendo con asombro qué es la CIA.

Las lecturas deben prolongarse en conversaciones, y ser discutidas para que aprovechen. A veces, me sorprendo queriendo leer en voz alta un pasaje, para luego comentarlo. Callado, tomo notas pero sin ese contraste siempre quedan huérfanas, y serán ininteligibles.

El silencio de la lectura es un arma de defensa propia, la forma en la que sobrevive el fuero interno.