El peor día de mi vida

Para regresar aquí, uno tiene que tener buenos motivos. Es un lugar con un alcance desconocido para mí. Un mensaje en una botella lanzada al mar. Sin metáforas: sin fronteras. Esta es una aparición inesperada, supongo que la forma en la que los fantasmas se presentan.

Nos mantiene con vida la expectativa de futuro. Estar seguros de que más allá de este «allá» que acabo de escribir vendrá otro minuto, otra palabra u otra pérdida de tiempo. Sin horizonte no hay vida. En eso ha consistido el peor día de mi vida. Podría desparramarme, pero eso fue lo que sucedió. Eso acompañado de un deseo tan íntimo como imposible que después de aquel después tampoco hubiera nada para mí.

Solo se cuentan los días peores de la vida cuando el recuerdo vale la pena, porque el futuro ha vuelto a ser digno de confianza. Aunque siga siendo igual de frágil que lo fue desde la primera luz.