Hombres

Ahí me tienen. Fíjense bien. Estoy en la esquina, al entrar a la derecha. Soy el único hombre en una mesa compartida con tres inteligentes y hermosas mujeres. No pueden confundirse, no hay pérdida.

Todos en el bar se preparan para ver uno de esos partidos imposibles. La moderna heroica española del fútbol. Así se aherroja la gloria. Queremos ser testigos del desenlace, para poder recordar el lugar y momento exacto en el que estábamos. La necesidad innata de contar historias, y de hacer que esas historias del pasado sean siempre magníficas. La felicidad, ya se sabe, es siempre de ayer. Pero no es una herencia hecha por nuestros ancestros, es simplemente un cuento que nos contamos a nosotros mismos. En el relato distópico de todos los días, el pasado destrona al futuro sin detenerse un instante en el presente.

La falacia retrospectiva me sirve para que puedan oír la conversación. Tres mujeres piadosas hablando de todos los hombres posibles, ante un hombre común y simple. Era —así debo confesarlo— el buzón de todos los malditos desatinos, que uno tras otro de nosotros ha cometido y está condenado a cometer, al menos en esta conversación. Clavado a mi asiento oigo cómo desean pertenecer a otra época, la de la foto en blanco y negro. Porque sencillamente era mejor, afirman unánimes.

El mundo nunca será lo que era. Tampoco el de los hombres.