Inteligencia y temperamento

Hace tiempo que he dejado de oler el verano. Aquel característico sabor a hierba seca. Aquellos veranos interminables que siempre acaban con la impaciencia de empezar. El tiempo siempre se acorta. El tiempo siempre es temible. Pronto empezaré a escribirlo, no llevo la cuenta pero son varios años de cartas babianas. Resulta la mejor forma de descanso.

Escribir las cartas es una forma de sentarse a esperar. Sustituye al rítmico movimiento de pie o al ensimismamiento tan propio de los días de calor.

En un magnífico libro de Ignatieff, ‘Fuego y cenizas’ he descubierto una comentario que mi admirado Oliver Wendell Holmes hizo de Roosvelt, creo que se refería a Franklin y no a Theodore que fue el presidente que lo nombró. Lo importante es el comentario: «poseía una inteligencia de segunda y un temperamento de primera». Diría que es un elogio envenenado, como a la postre lo son todos. Puede decirse que el temperamento es hijo de la inteligencia, y en consecuencia que la inteligencia es la madre de todo lo que hacemos. Tampoco nos resulta extraño encontrar a pusilánimes listos y a ardorosos tontos. Con lo que la distinción, a efectos descriptivos es pertinente.

Si vemos el comentario como un elogio, concluimos que al político le pedía temperamento. A un político en guerra desde luego, por eso me inclino a pensar que se trataba de Franklin.

Forzaré la interpretación para asegurar que el inteligente no necesita el temperamento: poseía un temperamento de segunda y una inteligencia de primera. Me temo que precisamente por el temperamento de segunda, esta afirmación nunca podría existir, nadie conocería al sujeto.

El libro de Ignatieff es un libro sobre un intelectual metido en política. Un espacio que en ocasiones parece una reserva aborigen a la que no conviene acceder ni con la que interesa mezclarse. La valentía de Ignatieff es contar ese tormentoso viaje, sin que sea un ejercicio de expiación. Es un tratado de política, en el que se puede leer que es más importante que un político diga lo que va a hacer que diga lo que piensa. Estoy de acuerdo, la realidad y la teoría nunca compiten, siempre gana la primera. No se alarmen, no se trata de abolir los principios sino de que estos no sean un mero adorno.

Este libro es una notable referencia para observar la política de cualquier país civilizado (Canadá).