Cartas babianas (LXII)

Queridos veraneantes:

En la casa de enfrente, en el segundo piso, a una altura suficiente para controlar todos nuestros movimientos, está abierta una ventana enrejada. Lleva así desde el primer día que tanteando los límites alcé la cabeza. La inquietante sensación de sentirse espiado. La perturbadora idea de suscitar curiosidad en el vecino. Cada vez que salgo no puedo dejar de mirar a la ventana. No he detectado movimientos en la casa, y los gritos de los niños pueden salir de cualquiera de las casas que están cerca, no tiene por qué ser de esa. El único signo cierto de vida que hay en ella es un perro, que se sube desafiante al muro, a ladrar, pero su presencia es todo menos disuasoria. No se ven perros grandes. Volvamos a la ventana, no tiene cortinas y la estancia siempre está oscura, requisito imprescindible para que no pueda descubrirse al vigía. Su localización le permite no solo ver este jardín sino el de, al menos, otra casa. El espía tiene que ser un hombre o una mujer paciente, el premio a largas horas de observación suele ser pequeño. La regla general es que nunca se descubre nada. Aunque siempre depende de lo que se busque. Especulo que en este caso no busca nada, sino que simplemente espera que ocurra algo. Posiblemente tenga un jugoso precedente que le hace estar quieto y anclado a esa ventana. O quizá no tenga nada que hacer, y sea esta una forma de matar su tiempo. El caso es que la ventana permanece abierta y quieta. Puede que se trata de una habitación en la que están secando embutidos o una estancia mal cerrada por un descuido o para ventilar la casa. No lo parece.

Por lo demás, el vecindario es tranquilo. Se oyen más a los animales que a las personas (lo que se oyen son críos y sus zambullidos en la piscina) y a los coches. Lo agradezco. Ayer después de cenar, en una casa próxima se pusieron a tocar un bajo, una guitarra y una batería. Un acompañamiento delicado, de una melodía relajante. Antes de las doce se fueron con la música a otra parte. Durante el concierto los perros se mantuvieron en respetuoso silencio.

Con el Atlántico frío en los pies, después de andar por una playa interminable en la que es imposible no pensar en la isla que es toda playa, vemos como el sol se va sumergiendo con inusitada rapidez. La intensidad de la luz se va amortiguando de forma que uno tarda en percatarse que las gafas de sol son las que han traído la noche. En el pueblo, asoma la espadaña de la iglesia, que señorea en el contraste entre la piedra y el blanco, un color que en el ocaso anaranjea, como paso previo a resplandecer en la oscuridad.

Galdós describió perfectamente el espíritu de esta tierra fronteriza. Los Episodios Nacionales deberían ser una lectura de cabecera en el bachillerato español. Sirven para muchas cosas. La literatura de una época es siempre un referente para quien tiene que ocuparse de la historia. La ficción que se lee en cada momento puede ser útil para descubrir los intereses de la gente en un momento y lugar dados. Nuestro siglo XIX da para mucho, es el siglo de nuestra inflexión política, que acabó dando tumbos entre las opciones más extremas, desembocando en el siglo de la atrocidad europea, que era lo mismo que decir la atrocidad mundial.

Paseando y perdiéndose por las calles de este pueblo en el que empieza la novela, trato de imaginarme la vida hace doscientos años. Y como somos hijos de aquella obra, que tristemente no dejamos que perdurara.

La Nación está obligada a conservar y proteger las leyes sabias y justas, la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen.
(Artículo 4 de la Constitución Española de 1812)

Cuídense.