Cartas babianas (LXIII)

Queridos veraneantes:

El verano me permite rematar las lecturas empezadas. Libros que, en muchos casos, ya no ocupan espacio y por tanto, han perdido su capacidad de llamar mi atención. Sin embargo, han ganado la ventaja de poder llevarlos a cualquier parte y leerlos con provecho en cualquier posición.

La biografía de Unamuno escrita por Jon Juaristi ha sido uno de esos libros que había dejado a la mitad. Ha sido fácil recuperarlo porque está muy bien escrito. También, porque los últimos años de Unamuno son fundamentales para su legado político. Y muy interesantes para saber cómo era esa ‘España de todos los demonios’ metida en el callejón sin salida de una estéril guerra (in)civil. El 12 de octubre de 1936, día de la Raza, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, Unamuno pronunció el ‘vencer no es convencer’ y ‘conquistar no es convertir’, “no puede convencer el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva y no de inquisición”. En realidad, y siguiendo la convincente tesis de Juaristi, Unamuno grita contra Millán Astray y su viva la muerte. Por eso, salieron para defenderle de los militares los falangistas y doña Carmen Polo. A raíz de este suceso, Franco le priva de todos sus cargos y lo reduce a un confinamiento domiciliario con libertad vigilada. A buen seguro le habrían pedido su cabeza. En cualquier caso, Miguel Unamuno siempre y también en sus últimos escritos distinguió a Franco del resto, acaso viendo en él a un Lucio Quincio Cincinato que restaurara el orden republicano, que a decir del propio Unamuno el Frente Popular había traicionado. En ese contexto y en sus últimos días contó con la compañía de los falangistas y fue enterrado al grito recio y seco de “Miguel Unamuno y Jugo” y la contestación coral, grave y enfática de “¡presente!” Después han llegado las carreras para apropiárselo, cortando los finos, transparentes e intrahistóricos hilos que lo unían al tiempo que le tocó padecer. Fue, como otros antes, un liberal a destiempo.

Puesta de sol en la playa. A partir de las ocho y media de la tarde el sol cae a plomo, se sumerge en el mar y nos deja en penumbra. Una claridad lánguida habrá todavía de acompañarnos unos minutos. La prórroga para que los bañistas, y los niños más remolones puedan recoger e irse. Son sustituidos por pescadores que colocan sus cañas en un alargador que clavan en la línea imaginaria hasta la que llegan las olas. Para cebar tiran despojos de pescado y se sientan a esperar, en silencio y con los ojos en el horizonte. Me atrevería a decir que no piensan en la pesca y que abandonan su cabeza a cosas que nada tienen que ver con la rutina.

Antes de que se haga completamente de noche los dejamos en su imperturbable ensimismamiento. Al pueblo, la noche no parece importarle. Las tiendas de ropa siguen abiertas y los paseantes entran, ojean y las dependientas despachan con normalidad. La gente va concentrándose en la calle María Luisa, que al parecer, es donde dan de comer. La visita a la ‘Taberna del Campero’ era obligada. Ante la barra nos arremolinábamos todos los pretendientes, María tomaba nota, e iba cantando con potencia, los nombres de los afortunados: “¡Esther!, ¡Mario!”. Sentía el poder en su boca, cada vez que indicaba al apuntado, que tenía dieciséis mesas por delante, antes de que tuviera el honor de sentarse en la suya.

Esperamos de pie, apoyados en una columna y vimos como algunos predecesores iban perdiendo la paciencia y abandonaban la espera. Tenaces en nuestra determinación y cuarenta y cinco minutos después llegó nuestro turno.

Sobre la mesa pedimos que se abriera fuego con unas anchoas con tomate, para luego seguir con unas almejas a la marinera con una salsa fina y rala con recuerdo de ajo. A continuación, tarantelo de atún salvaje de almadraba, en su punto. Jugoso y sobrio, imposible presentar mejor. La cena concluye con postres de chocolate.

En la barra, la poderosa María sigue con sus anotaciones, como si la noche nunca fuera a acabar. Fuera, el bullicio de un pueblo que no parece perder el aliento, pero las tiendas ya han cerrado.

Cuídense.