Cartas babianas (LXIV)

Queridos veraneantes:

En la frontera la monotonía es la vida misma. A eso vengo, a garantizarme que mañana tras mañana el tiempo no me dé ningún sobresalto. Por unos días, que son instantes, quiero alejarme del tic maniático de escrutar las aplicaciones meteorológicas. ¿Quién se atreve a decir que el futuro no es predecible? Cada día más, en realidad nuestro porvenir ya está encerrado en la complejidad del cálculo actuarial (la industria de los seguros).

Por eso hoy ha amanecido, más tarde, pero de igual forma que ayer y de la misma manera que lo hizo hace dos días y que lo hará en lo que queda de estación; siempre con la eficacia de un reloj suizo y la amabilidad de este ambiente cálido tan alejado de los bochornos.

Me cuesta pensar en las cruentas batallas que se han vivido a unos pocos kilómetros de aquí. La civilización ha hecho que para los ciudadanos de países desarrollados las fronteras puedan ser un lugar apacible, apto para el baño.

En nuestro mundo la conquista de terrenos ha pasado a un segundo plano. Aunque de esto hace poco. En la segunda posguerra mundial, casi hace setenta años, a Truman le servía contener la extensión territorial del comunismo. Se trataba de una conquista ideológica, por persona interpuesta. Se mantienen los anhelos de conquistas religiosas, y la realidad palpable de las invasiones comerciales.

Tim Weiner narra la historia de la CIA desde su fundación, al final de la II Guerra Mundial, hasta el día en que la agencia permitió que uno de los políticos más prestigiosos del mundo, Colin Powell, nos dijera, echando mano de datos e informes convincentes (sic) y apelando a su propio prestigio, que Irak tenía un arsenal de armas de destrucción masiva. Era el año 2003 y la causa moral de la guerra echaba a andar. Según la crónica imprescindible de Bob Woodward (Plan de ataque. Cómo se decidió invadir Irak) era el perfecto pretexto que los ‘halcones’ andaban buscando. Ahora en la boca de una paloma como Powell y con el apoyo de una información deficiente de la CIA. El libro de Weiner es la historia de la política exterior de Estados Unidos y la desmitificación de sus espías.

El libro solo afronta al final el debate sobre los confines de las operaciones encubiertas de un país democrático y libre como el estadounidense. ¿Se puede tolerar que en nombre o defensa de su Constitución se meta a una persona horas y horas en una caja mínima o se le torture a base de los ahogamientos simulados? La única respuesta posible es negativa. Se nos supone moralmente superiores como para seguir siendo primitivos. Aunque esta clase de afirmaciones son rutinarias y habría que empezar a despiezarlas, para armarnos con datos que nos protegieran de veras. Lo escribo porque seguimos teniendo enemigos y continúan diciendo que nuestras libertades son nuestro flanco abierto, aquella frase de que con el vientre de sus mujeres y gracias a nuestra democracia nos vencerán…

Si tuviera que ensayar una rápida respuesta, impropia de una carta de verano como es esta, les diría que el efecto extensivo de la libertad es lento, pero sumamente contagioso y seguro. No conozco ni veo el caso de que una sociedad abierta, por el hecho de permitir opciones contrarias haya acabado adoptándolas. Puede que haya y veamos retrocesos, pero las resistencias acaban por ser insuperables. Con la poca información que tengo pienso, como ejemplo, en Turquía.

No podría dejar de despedirme sin mencionar que la oposición a la guerra de Irak nunca se basó en los datos. Nadie acreditó, frente al despliegue de Collin Powell, que Irak había destruido su arsenal de armas de destrucción masiva, de cuya preexistencia se tenía noticia cierta. La falsedad de este dato vino después a apoyar el argumento de principio de que la guerra es improcedente per se. Es cierto, dijeron que no había armas pero tampoco lo probaron, una especie de post hoc ergo propter hoc moral, advino la mentira y esta fue la causa de nuestro no. Sin embargo no fue así.

No quiero extenderme más de la cuenta, que temo haberlo hecho ya. En la madrugada de ayer, los Vetusta Morla dieron su recital. Tan exacto como siempre, con unas letras que con el tiempo se desvelan más, pero que mantienen el tono críptico que les ha caracterizado. Escucharles continúa siendo un trabajo apetecible, queda disculpada su osadía.

Cuídense.