Cartas babianas (LXV)

Queridos veraneantes:

No podía dejar pasar un día más sin acercarme hasta el lugar de la batalla. Trafalgar. Un lugar que cómo es lógico ha llegado hasta el mismo corazón de Londres. La caída del día agolpa a turistas y vecinos en torno al faro. A sus pies esas infinitas playas, que vayas donde vayas, siempre parecen la misma. El día de la batalla fue el lugar donde se depositaron desordenados y mezclados los cuerpos de los guerreros. Para oler bien la pólvora tendríamos que volver inevitablemente a Galdós.

Desenfundo el móvil para fotografiar, desde lejos, a una pareja que se abraza con el sol de fondo. La tópica foto ha resultado plana. No ha conseguido hurgar en sus vidas, como hacen las buenas fotos, incluso las que los aficionados toman por casualidad. Antes de que comience la puesta de sol abandonamos el faro y en sentido contrario a nuestra marcha continua llegando público. La atracción del ocaso, solo explicable por la inquebrantable confianza que seguimos teniendo en la aurora, ¡amanece que no es poco!

Continuamos la carretera para allegarnos a Caños de Meca y fondear en ‘La Breña’. Una recomendación que la noche anterior nos hizo Antonio, para que no quede sin bautizar. Un señor que para combatir su falta de compañía se acercó y quiso contarnos las peripecias de su vida. Al quite, le distraje todas las veces; soy adverso a las confesiones a quema ropa. Estoy seguro de que le habría hecho muy bien, aunque por lo que nos ha dicho, en los regates que una y otra vez me hacía, lleva desahogándose cinco años. Quede fuera de toda duda que su recomendación ha sido certera.

Al final del pueblo, en este restaurante-hotel se come muy bien. Empezamos con unas croquetas de plancton, seguidas por una ensalada de pato. Las lechugas y el pato hacen un perfecto maridaje. Nos preparábamos así para el plato fuerte, unos fideos con gambón, calamar y algas. Un plato verde que en las dos primeras cucharadas te quita el hambre.

Antes de la excursión, había vuelto a la rue Royale, a los salones D’Holbach y a la conexión entre este horno de ideas y la Revolución americana:

El barón y sus amigos creían que la razón no estaba del lado de los que vivían en castillos o en mansiones de mercaderes, sino de aquellos cuya sangre había pagado esos lujos. no se puede juzgar a ninguna sociedad por sus costumbres, escribió Diderot, sino únicamente por el grado de satisfacción de sus habitantes, y a todos ellos debe corresponderle una parte en la idea central de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, una idea tomada directamente de la mesa de D’Holbach y de la suma de ideas filosóficas que allí se defendían: la búsqueda de la felicidad.

El cinismo, disfrazado de pudor, hace que ya nadie se atreva a reconocer como un objetivo político general la búsqueda de la felicidad. Y si no es ese, ¿cuál?

Cuídense.